LA HISTORIOGRAFÍA ARGENTINA y LA REVOLUCIÓN de MAYO

Posted by on 3 noviembre 2009

cabildo 25 de mayo 1810

por Alejandro H. Justiparán

Mayo de 1810,  ¿revolución?, ¿movimiento independentista?,  ¿guerra civil?. Los interrogantes son muchos y no todos los historiadores se ponen de acuerdo al respecto.

Enrique de Gandía, historiador encuadrado dentro del revisionismo liberal (décadas del 50 y 60), tiene su opinión al respecto, y para apoyarla, cita constantemente a quienes fueron los actores principales de dichos eventos. Para el autor, los proyectos de los liberales de Buenos Aires no eran, los de una revolución, sino los de gobernarse a sí mismos como habían hecho otras ciudades españolas al tener conocimiento del cautiverio de Fernando VII. “Revolución es levantarse contra un orden existente. La creación de juntas de gobierno en España y en América no fue un acto revolucionario”. “La llamada Revolución de Mayo, fue un acto de inmensa adhesión a España y a Fernando VII, y de firme oposición a cualquier intento extranjero, especialmente francés, de pretender dominar en América”.

Para de Gandía existen dos dogmas en la historia argentina, cambiarlos sería romper la tradición, enseñar otra verdad y reconocer que la anterior era mentira. Uno es el carácter de la independencia argentina, otro es el carácter de la tiranía rosista. Los historiadores, apegados al concepto dogmático de la historia echeverriana[1], no hacen más que adornar con citas y documentos la concepción de Echeverría.

Cita a Tomás de Iriarte, para él, el autor que pudo estudiar más de cerca y comprender más hondamente el carácter de guerra civil que tuvo en España y en América el choque de principios políticos, entre los partidarios del Consejo de Regencia y los partidarios de las Juntas locales. “Iriarte, fue un historiador que expuso, antes que Rosas y Echeverría, su concepción de historia de la independencia como una inmensa guerra civil nacida en España y trasladada luego a América”. Inclusive, para fundamentar su posición, cita a don Juan Manuel de Rosas (para de Gandia, un dictador antiargentino): “En el año 1836, con motivo del 25 de mayo, Juan Manuel de rosas explicó a los representantes extranjeros, reunidos en el Fuerte de Buenos Aires, que fue el día que se recordaba. Dijo que el 25 de Mayo no fue ninguna revolución en contra de España, sino un acto de adhesión y firme fidelidad a Fernando VII, para substituir tranquilamente las autoridades que, de hecho, habían caducado por hallarse preso el rey”.”La interpretación de Rosas, indignó, inmediatamente, a los antirosistas de Montevideo”.[2] He aquí un punto central en la teoría del autor, para de Gandía, el conflicto sucedió entre absolutistas y liberales, y el absolutismo español se identificó, para aquellos hombres, con toda la historia de España y, en especial, con la historia de España en América. En consecuencia, el 25 de Mayo de 1810, en que había comenzado a gobernar un gobierno patrio, debía haber sido, sin ninguna duda, una revolución en contra de España, jamás un acto de adhesión a Fernando VII.

Rodolfo Puiggros, hombre del materialismo histórico, sostiene la teoría de la revolución, y acorde con su tendencia, adjudica a temas económicos y sociales el conflicto. “Tenía que llegar necesariamente la hora en que la sociedad colonial entrara en crisis revolucionaria, como resultado de la contradicción entre su grado inferior de desarrollo y el desarrollo del capitalismo en el mundo, a un ritmo no conocido hasta entonces por ningún otro sistema social”. Para el autor, los ingleses juegan un papel de vital importancia en nuestro proceso emancipador.

Desde sus orígenes, aspiraron a conquistar nuestro mercado interior para colocar mercadería y extraer metálico. Existieron acuerdos entre criollos e ingleses, con el compromiso de Inglaterra de contribuir con armas, soldados y dinero a la independencia de las colonias españolas, y la promesa de los criollos de asegurar la libertad de comercio y trato preferencial a las mercaderías británicas.

Ricardo Levene, de la escuela liberal  tradicional, no sólo habla de una revolución, sino que la periodiza: “El drama de la Revolución de Mayo comprende tres momentos sucesivos: la iniciación revolucionaria de los patriotas y el desarrollo de un plan contrarrevolucionario de los adversarios antes que la revolución estallara, que va desde Marzo hasta el 22 de Mayo; la contrarrevolución triunfante de los días 23, 24 y parte del 25, hasta la constitución del Gobierno patrio; y por último la Revolución misma, la furia del pueblo imponiendo el gobierno bajo la Presidencia de Cornelio de Saavedra.”[3]

Ernesto Palacio, sostiene que la resolución de substituir a Cisneros era: “lisa y llanamente revolucionaria, en el hecho y en las proyecciones, aunque ajustada a derecho”.[4] En lo que todos los autores coinciden, es en que sin dudas, la caída de la Junta de Sevilla fue el detonante del proceso vivido en Mayo de 1810, proceso que, a nuestro entender, fue revolucionario, desde el momento del cambio de gobierno, que representó el cese del dominio español en el Río de la Plata.

ANTECEDENTES Y CAUSAS DE LA REVOLUCIÓN

La mayoría de los autores citados, coinciden en muchas de las causas que provocaron la revolución. José Luis Busaniche nombra a los levantamientos producidos en América en 1809, sofocados por las autoridades dependientes de la Junta central. En Chuquisaca (Mayo), en La Paz (Julio) y en Quito (Agosto). “Los criollos y españoles arraigados empezaban a recelar, y con sobrada razón, que las autoridades de América, militares, civiles y eclesiásticas, caso de afirmarse la dinastía de José I como todo lo hacía concebir, obedecerían al nuevo monarca para conservar sus posiciones y ellos perderían la mejor oportunidad de libertarse, (…) la contienda fue generalmente entre criollos y españoles arraigados”.[5]

Ernesto Palacio relaciona el protagonismo de Mariano Moreno en las jornadas de Mayo, con su participación, junto con Alzaga, en el levantamiento del 1º de Enero de 1809, “Esto demuestra una continuidad revolucionaria que entronca con los sucesos de ese año en Chuquisaca y la Paz.”[6]

Enrique de Gandía, desde otro ángulo, ubica a las revoluciones altoperuanas en el mismo marco ideológico que a los sucesos de Mayo, indica que se produjeron porque tenía el pueblo el temor de caer bajo el dominio de la Infanta Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII, casada con el Regente de Portugal en Río de Janeiro, “… no tuvieron en ningún instante, el propósito de crear nuevas naciones (…) se produjeron para no dejar de pertenecer a España.” Para de Gandía, la idea de una independencia civil que poco a poco se transformó en independencia nacional arranca de estos hechos. En la lucha por la libertad civil, en contra del régimen absolutista que imperaba en España, y por la independencia de todo poder extranjero, apareció el choque con los mismos españoles e hispanoamericanos que defendían el despotismo, el naponeolismo o el carlotismo. La guerra fue contra fuerzas de españoles peninsulares y criollos americanos que tenían ideales franceses o portugueses.

Ante los autores que encuentran en la revolución Francesa, la fuente de inspiración del movimiento patriota, de Gandia sostiene que “… en nada influyó en nosotros la revolución Francesa. Tuvo en cambio, una influencia, como ejemplo y enseñanza ideológica, la revolución de los Estados Unidos.” Afirma que nuestra conciencia es una conciencia liberal, tiene las bases de la libertad interior expuesta por San Agustín y explicada y defendida por Santo Tomás.

Con respecto a las logias y asociaciones secretas que trabajaron por la independencia, Leonardo Paso nombra al venezolano Miranda y al neogranadino Nariño, los llama “apóstoles de la independencia americana”, fundadores del Círculo Literario. Los suyos fueron también grupos conspirativos, al respecto nos dice: “Miranda había ingresado a la masonería francesa en 1796 y en 1797 fundó, en Londres, la primera Logia Lautaro, siguiéndole la de los Caballeros Racionales y la Gran Reunión Americana (…), estos son los antecedentes de las organizaciones secretas en el Río de la Plata en la lucha por la independencia (…) fueron focos de irradiación y conexión en los que se iniciaron muchos patriotas americanos y de los que partieron hacia América los hilos de la conjura”[7] .A pesar de la importancia que le da a estas logias, Paso se pregunta por qué, habiendo triunfado en sus objetivos, no dejasen fehacientes constancias de su acción, a pesar de esto, no niega su existencia.

Rodolfo Puiggros también nombra a las logias creadas por Miranda y se refiere al malogrado acuerdo de éste con el gobierno británico, en parte por la acción de la reaccionaria Rusia, instigada por España. Ricardo Levene refiriéndose a las reuniones patriotas, cita a Mitre: “una sociedad secreta, era el foco invisible de este movimiento (…) reuníanse unas veces en la fábrica de Vieytes o en la quinta de Horma; pero más frecuentemente en la de Rodríguez Peña, que era el nervio de esta asociación…”[8]

De Gandía, por su parte, afirma que la independencia americana nació de muchas causas y ninguna de esas causas se debe a la acción de Miranda.

En parte estamos de acuerdo, no nos parece que la influencia de Miranda haya sido determinante para el proceso independentista, lo que no significa negar la influencia que pudo haber tenido en varios de aquellos patriotas. Creemos sí, en el antecedente más inmediato de las invasiones inglesas, como causante más influyente, despertando una conciencia nacional en los sectores más esclarecidos de la población criolla. Coincidimos con Puiggros, cuando afirma que la influencia puramente ideológica, a través de la literatura que se filtraba, no hubiera bastado para despertar esa conciencia nacional.

Pueden ser también consideradas como causas aquéllas que se originaron en el interior de la sociedad hispanoamericana como resultado de su propio desarrollo histórico, y se caracterizan por destacar algunos aspectos negativos de la acción colonizadora española.  Así, por ejemplo, cuando se atribuye el deseo de independencia a la corrupción administrativa y la inmoralidad burocrática por parte de las autoridades españolas, o a la relajación de las costumbres del clero, se trata de destacar algunos casos, que sin duda fueron tenidos en cuenta por los patriotas, pero a los que no puede atribuirse un carácter generalizado a toda la administración y a todos los territorios.

Otras posibles causas aducidas reiteradamente, como la crueldad y el despotismo con que eran tratados los indígenas y las restricciones culturales impuestas por las autoridades españolas, están en abierta contradicción con algunos datos de la realidad, como sucede con la rivalidad entre criollos y españoles, con la consiguiente postergación de aquéllos, y el establecimiento de un régimen de monopolios y trabas, que dificultaba el desarrollo de la economía americana y frenaba su crecimiento La legislación española no diferenciaba entre los españoles peninsulares y americanos, por lo que el problema se planteaba, igual que en España, entre los naturales de una región, provincia o reino que aspiraban a ocupar los puestos de la administración en su tierra y los que provenían de otras zonas, ocupaban los cargos y desplazaban a los naturales, generalmente por residir en la corte o tener valedores en ella. En cuanto al sistema económico, su influencia se vio disminuida por el incumplimiento sistemático de la normativa, el contrabando y la escasa capacidad industrial de los territorios americanos. Más bien fueron las medidas económicas de carácter liberal que venían implantándose desde el siglo XVIII las que estimularon en la burguesía criolla un creciente deseo de libertad mercantil.

Pueden ser también consideradas como causas aquellas que actuaron sobre el proceso independentista desde fuera de los dominios imperiales españoles, en especial desde Europa y Estados Unidos. Algunas de estas causas, citadas anteriormente, como la Declaración de Independencia estadounidense o la Revolución Francesa, cuya influencia en la historia mundial es evidente, actuaron más como modelos que como causas directas del proceso. Mayor importancia tuvieron las ideas enciclopedistas y liberales procedentes de Francia.

Por encima de todas estas posibles causas, la independencia americana se vio favorecida por la coyuntura política e ideológica por la que atravesó la metrópoli. La supresión de la dinastía de Borbón y la invasión de la península Ibérica por las tropas de Napoleón I Bonaparte, posibilitaron la aparición de juntas que se constituyeron en las principales ciudades americanas. Las juntas empezaron, en general, reconociendo la autoridad real en la persona de Fernando VII, pero propiciaron el comienzo del proceso independentista.

En líneas generales, hemos visto como diferentes autores, aún relativizando o magnificando algunas causas e influencias, coinciden en la mayoría de ellas al nombrarlas como causales del proceso que nos ocupa. Sin embargo, nos falta un aspecto a tratar. Más allá del campo de las ideas y de los actores que protagonizaron sus luchas y levantaron sus banderas, el aspecto social y económico merece un análisis más profundo.

Nos valemos del texto de Puiggrós, para poder hacerlo. Para él, los acontecimientos que se sucedieron en el Río de la Plata a partir del rechazo de las invasiones inglesas marcan la iniciación del movimiento revolucionario. “Pero la revolución, que sacudiría desde los cimientos al viejo orden colonial y derrocaría a las clases dominantes, no encontraba las fuerzas materiales (división social del trabajo, vías de comunicación, medios técnicos, etc.) desarrollados en el grado necesario como para alumbrar, a corto plazo, al orden capitalista.” [9]

La descomposición del orden colonial, en el ámbito político, regional y social, debía dar paso a los gérmenes progresistas que se desarrollaban en sus entrañas, hasta alumbrar al régimen capitalista. Pero el virreinato carecía de una división social del trabajo, no existía si quiera la división más elemental entre la producción del campo y de la ciudad. La ausencia de una revolución burguesa, condición base para un posterior desarrollo capitalista, condicionaba cualquier intento o esbozo progresista.

Puiggrós nos habla de “contradicciones internas”, causadas por el manejo del puerto de Buenos Aires, a la vez depósito de artículos extranjeros y el más importante mercado de producción interna, así como el único lugar de salida de los frutos de la tierra. El interior no podía competir con sus excedentes, con las mercaderías europeas, lo que generaba la primera de las contradicciones. Esta se veía reforzada (segunda contradicción) por el interés de los ganaderos de Buenos Aires, en fomentar la introducción de mercaderías europeas en la medida que así colocaban sus productos ganaderos. Los excedentes regionales se colocaban en un mercado interno sin división social del trabajo, originando disputas entre las regiones, he aquí la tercera contradicción.

Las contradicciones internas se complementaban con las “contradicciones de clase”. El interior se presentaba como un todo homogéneo, en su composición social interna, dominado por la contradicción entre la minoría privilegiada –dueñas de las tierras, los medios de producción y la mano de obra- y la inmensa mayoría de la población. El orden social implantado por la conquista española, se mantenía intacto. La superación no podía partir de las clases más bajas.

Estas contradicciones generaron profundas diferencias, entre los partidarios del monopolio por el que se veían favorecidos (partidarios a ultranza del proteccionismo), y los partidarios del comercio libre. “La oposición era económica, política e ideológica. Económica, porque chocaban los intereses de dos grupos: uno ligado al mercado español y otro ligado al mercado inglés. Política, porque chocaban los defensores del orden establecido con los propulsores de cambios sociales. Ideológica, porque la antítesis económica y política se expresaba en la antítesis entre la concepción feudal y la concepción burguesa de la sociedad. Esta contradicción fue el eje en torno del cual se agruparon las clases de la Colonia.”[10]

Enrique de Gandia se niega a fundamentar el proceso  emancipador en estos términos. Para él, la llamada revolución, no fue producida por ningún odio de razas. Buenos Aires gozaba de libertad de trabajo, consagrada por Francisco de Alfaro en el virreinato a comienzos del siglo XVII. Igual cosa sucedía con la libertad de prensa, copiada de las cortes gaditanas, a pesar de que “en la colonia era preciso obtener un permiso para publicar ciertos libros y estos permisos rara vez se negaban.”[11]

Otras libertades, continúa de Gandía, teníamos también los argentinos, como la libertad religiosa, existente en América en forma amplia. Sin duda, las diferencias son significativas.

MAYO DE 1810 Y LA MÁSCARA DE FERNANDO VII

Los acontecimientos de Mayo, a partir de la llegada de la noticia acerca de la caída de la Junta de Sevilla, son narrados sin mayores diferencias por los diferentes autores que responden a las corrientes liberales.

Ricardo Levene, narra en forma muy puntillosa y detallada los sucesos, día por día, presentando documentos y no permitiéndose profundos análisis. Así vemos que la nueva caída de la Junta Central, recibida en Montevideo el 13 de Mayo, llega a conocimiento del virrey en la mañana del 17. Cisneros contesta al gobernador de Montevideo que no conviene reservar en absoluto la noticia, y sí darla a conocer al público en forma arreglada. En el manifiesto del 18 de Mayo, el virrey propone reunir las representaciones de esta capital con las de las provincias. Este documento ha sido interpretado de diversos modos, en él, luego de explicar la situación en que se encontraba la metrópoli, el virrey espera que en la América española subsistirá el trono de los Reyes católicos, en el caso de que sucumbiera accidentalmente en la península.

Evidentemente Cisneros quería ganar tiempo, tratando a la vez, de evitar “toda manifestación popular” y la convocatoria a un cabildo abierto. No va a poder evitarlo. En este punto, los autores que responden a esta corriente, difieren en cuanto al protagonismo de los actores. Para Levene, los patriotas reunidos en la casa de Martín Rodriguez el día 18, y en la casa de Rodríguez peña al día siguiente, encomiendan a Saavedra y a Belgrano, que se reúnan con el alcalde de primer voto, Juan José Lezica, pidiendo la adhesión del cabildo a un congreso general. Ernesto Palacio nombra a “los vecinos apoyados por los jefes militares.” Y de Gandía dice que es el propio virrey quien llama al pueblo y lo invita a un Congreso para resolver su destino, “Los historiadores que buscan autores del 22 y 25 de Mayo no se dan cuenta que el único autor fue el virrey Cisneros y que la idea de la Junta fue de Alzaga.”

Más allá de las diferencias, a todos estos autores los une la necesidad de buscar protagonistas en los cuales apoyar el peso de los acontecimientos. Los hombres son los hacedores, los causantes a través de sus actitudes, de los hechos acaecidos.

La Junta de gobierno nombrada el día 23, es, para Busaniche, una maniobra que revelaba propósitos ocultos y contrarios a lo acordado al Cabildo Abierto. En el mismo sentido, Levene sostiene que de la reunión del día 20 entre Cisneros, Lezica y Villota, surgió el plan contrarevolucionario. Todos coinciden en el malestar popular, fruto de la designación del virrey como presidente de la Junta. Todos menos de Gandía, quien desde su revisión de la historia argentina, afirma que el resultado del Cabildo abierto del 22 fue del pleno agrado popular; “pero el club que se reunía en la casa de don Nicolás Rodriguez Peña creyó necesario deshacer lo hecho, convocar nuevamente al pueblo y obtener del Cabildo se prestase a reconsiderar ante otra reunión popular la sanción   de la víspera”.[12]

Atrás habían quedado las imágenes de un debate largo y por momentos confuso, del que no ha quedado una versión fidedigna, de manera que ha sido reconstruido sobre los recuerdos de los asistentes. La opinión conservadora fue sostenida por el obispo Lue y el fiscal Villota; la renovadora por Paso y Castelli. El virrey debía cesar en el mando y el Cabildo debía designar una junta para substituirlo.

“Hubo primero estupor y después indignación. Se convocó una reunión en casa de don Nicolás Rodríguez Peña, en la que el grupo que ya empezaba a llamarse patriota definió posiciones (…), el Cabildo se vio obligado a ceder ante la agitación del vecindario y la presión de los jefes militares”[13].

Tulio Halperin Donghi, desde las corrientes denominadas “izquierdistas”, sostiene que la amenaza de usar la fuerza de las milicias fue el elemento decisivo. Y se pregunta: “¿Basta esto para negar, como gusta hacerlo más de un historiador, el carácter popular de la revolución que comenzaba y asimilarla entonces a las revoluciones militares que no iban a escasear en el futuro?”. Para el autor, este problema acerca del carácter revolucionario, no ha sido resuelto aún. Sin duda, el apoyo militar, fue imprescindible en la realización de esta gesta. Saavedra no apoya el levantamiento contra Liniers del 1º de enero de 1809 y este fracasa. Apoya en cambio, a la solicitud del cabildo abierto y este se produce. Negar su injerencia en estos hechos nos parece un error. Al no poder asegurarse el concurso popular, debía asegurarse el apoyo militar.

El 25 de Mayo, acudió mucha gente al edificio del ayuntamiento para pronunciarse en tono amenazante. El Cabildo convocó a los comandantes de tropas, quienes confirmaron la necesidad de exigir la renuncia del virrey, y de elegir nueva junta. Derrotado, el virrey accedió. Aquí, Busaniche encuentra  una situación verdaderamente revolucionaria, cuando aquella parte de la población que se atribuía la representación del pueblo, y que se denominaba a sí misma el pueblo, impuso al cabildo una lista con los nombres de las personas que debían formar la junta. El cabildo acató la imposición, y desde aquel instante, cesó de hecho la dominación española en el Río de la Plata.

Pero el nuevo gobierno, que había destituido al virrey, se había comprometido a gobernar a nombre de Fernando VII. Todos los autores consultados, desde los liberales hasta los que responden al materialismo histórico, coinciden en definir a este gesto, como al  disfraz adoptado por la Revolución. Indican que las conveniencias políticas le aconsejaron encubrir bajo esta forma al pensamiento fundamental (Levene). O indican al hecho como una indicación de las autoridades inglesas, que mal podían incitar a la independencia (Busaniche). En desacuerdo, de Gandía, sostiene que aquellos hombres juraron fidelidad a Fernando VII porque no concebían otro ideal en aquellos momentos, niega así, la teoría de “la Máscara”.

En líneas generales, hemos podido observar, como los autores liberales tradicionales, y aquellos que, dentro de la misma tradición, pero revisionistas, hacen hincapié en los actores y en sus acciones. Nos narran una historia documentada y ordenada cronológicamente, donde la discusión se da en el campo exclusivamente de las ideas. Las confrontaciones son entre absolutistas y liberales, defensores de las Juntas contra partidarios del Consejo de Regencia, nos privan de un análisis social y económico, que sin duda enriquecería nuestro conocimiento. Esto no significa negar estas teorías, sólo nos parece que estamos ante sólo un aspecto de los hechos.

Así, negar el enfrentamiento entre monopolistas y librecambistas, o no ver el conflicto social subyacente, nos parece errado. Entendemos que la gesta de Mayo, y a partir de allí la idea de independencia, responde a intereses económicos, políticos y sociales, que reconoce antecedentes y causas, tanto internas como externas. No estamos de acuerdo con la versión catastrofista de autores como de Gandia que sostienen que la semana de Mayo fue un acto espontáneo, inimaginable el día anterior. Creemos en los procesos históricos, en sus múltiples causas y consecuencias


[1] Para de Gandía, el creador de la filosofía histórica argentina, el autor del concepto que inspira toda la enseñanza oficial, fue Esteban Echeverría en el año 1837. Por eso sostiene que la historia argentina es, en su espíritu, una historia echeverriana. Enrique de Gandía, “La revisión de la historia argentina”, página 252.

[2] Ibídem, página 254.

[3] RICARDO LEVENE, “Historia Argentina”, Capítulo I “Los sucesos de Mayo”, página 12.

[4] ERNESTO PALACIO, “Historia de la Argentina, 1515-1835”. Tomo 1, “Segregación y guerras por la independencia”, página 180.

[5] JOSÉ LUIS BUSANICHE, “Historia Argentina”, capítulo XIII, página 300.

[6] ERNESTO PALACIO, Op. Cit. Página 180.

[7] LEONARDO PASO, “Historia del origen de los partidos políticos”, página 14.

[8] RICARDO LEVENE, Op. Cit. Página 16.

[9] RODOLFO PUIGGROS, “Historia Argentina”, Capítulo VI, “Nacimiento de la conciencia nacional revolucionaria”,  página 245.

[10] Ibídem, página 241.

[11] ENRIQUE DE GANDÍA, Op. Cit. Página 33.

[12] ENRIQUE DE GANDÍA, Op. Cit. Página 77.

[13] ERNESTO PALACIO. Op. Cit. Página 181.

2 Responses to LA HISTORIOGRAFÍA ARGENTINA y LA REVOLUCIÓN de MAYO

  1. heiiy brii

    ree chomasoo estooo

  2. leo

    es una porqueria

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