EL GOBIERNO MILITAR (1943/1946). Presidencias de Ramírez y Farrell. El 17 de octubre de 1945.

General Pero Pablo Ramírez

por Alejandro Héctor Justiparán

La experiencia presidencial del general Ramírez fue más prolongada que la de su predecesor (el Gral. Rawson, depuesto a poco de asumir), pero en todo caso fugaz, pues debió renunciar el 24 de febrero de 1944. Durante su gestión comenzaron a definirse ciertas líneas de fuerza del proceso político inmediato.

Las líneas se vinculaban con el conflicto interno por la dominación y con la política exterior, que en todo caso era discernible pero no independiente de aquél. El gabinete de Ramirez dio, para los informados, las primeras pautas del sentido del conflicto interno: el ministerio de Guerra fue adjudicado al general Edelmiro J. Farrell, jefe de Perón, y el ministerio del Interior al coronel Alberto Gilbert, amigo del coronel González. Era evidente que el G.O.U. había obtenido una importante victoria. Pero también que los coroneles tendrían importante participación en el gobierno y que la división entre “neutralistas” o germanófilos y los partidarios de los aliados separaba a sus filas. El general Ramirez sólo  formuló vagas declaraciones al respecto, y mientras aumentaban las presiones, la incorporación de elementos nacionalistas al gobierno de facto fortalecía la posición neutralista. Poco después se decretaban la disolución de los partidos políticos y la imposición de la enseñanza religiosa obligatoria.

Se rompen relaciones con el Eje. Ramírez deja el poder.

En Enero de 1944 la situación internacional de nuestro país había llegado a un punto de aislamiento insostenible y las amenazas de sanciones económicas parecían inminentes.[1] Ramírez optó entonces por romper relaciones con el Eje, medida recibida burlonamente por los sectores aliadófilos y restó al gobierno el apoyo de gran parte del nacionalismo. En el orden interno, provocó la renuncia del propio Ramírez, cuyo desgaste no pudo resistir la presión de los coroneles de la guarnición de Buenos Aires, liderados ya por Perón.[2]

Se había convenido en levantar el virtual bloqueo económico que pesaba sobre la Argentina a cambio de la declaración de guerra. De no hacerlo, nuestro país no podría participar en la Conferencia de San Francisco en la que se constituiría la Organización de las Naciones Unidas. Era un trago durísimo para un gobierno cuyos sostenedores habían lanzado la consigna “Soberanía o muerte”.

En pocos meses, pues, se habían consumado tres golpes de Estado. El primero contra Castillo, desde fuera del poder. El segundo y el tercero desde dentro, contra Rawson y Ramírez. Para evitar complicaciones, era preciso que no hubiera una discontinuidad formal entre Ramírez y su sucesor. El texto original de la renuncia de Ramírez fue retirado, y se difundió una versión oficial en la que delegaba el poder en el vicepresidente Farrell, “fatigado” por al intensidad de sus tareas de gobierno.

La presidencia de Farrell

Farrell y Perón

La declaración de guerra había sido una humillación para el gobierno militar y lo debilitó frente a la opinión pública y frente a las fuerzas armadas. Ahora, la claudicación del 27 de marzo sólo podía tener una secuela lógica: el llamado a elecciones.

Sin embargo, aunque la política internacional había sido conducida sobre premisas equivocadas (el triunfo alemán), el gobierno de facto no había fracasado en otros aspectos. Más aún, en gran medida había tutelado un proceso nacional de extraordinaria trascendencia. El valor de la producción industrial había superado, por primera vez, el de la tradicional producción agropecuaria en 1943. Entre 1942 y 1946 se habrían creado 25.000 nuevos establecimientos industriales de diversa envergadura.

Naturalmente, este proceso se debía en gran parte al proteccionismo forzoso impuesto por la guerra. El gobierno de facto no condujo al proceso de industrialización, pero tampoco intentó frenarlo y concretó algunas iniciativas para estimularlo.[3]

A través de los 20.000 decretos firmados por el Poder Ejecutivo de facto entre 1943 y 1946, se percibe el deseo de modernizar la estructura del Estado. Pero la obra de mayor trascendencia del gobierno revolucionario fue dada a través de una serie de medidas adoptadas bajo la directa conducción de Perón, en el orden social.

La designación –según parece, la “autodesignación- de Perón en el departamento Nacional del Trabajo, provocó una política cuya intención pudo estar nutrida de demagogia pero que, tendía a una mejor redistribución de la riqueza nacional y al establecimiento de relaciones más humanas entre el capital y el trabajo.

Con este espíritu es extendió el régimen jubilatorio, se crearon los tribunales del trabajo y el decreto sobre asociaciones profesionales otorgó a los sindicatos una importancia decisiva en la vida nacional. A estas tres medidas fundamentales, deben agregarse otras de carácter circunstancial como la aprobación de estatutos para diversos gremios, el pago de vacaciones, institución del aguinaldo, diversos aumentos de salarios, etc.

Cambios en el escenario nacional

Los cambios realizados en política exterior y el cada vez más significativo trabajo de Perón en el ámbito social, provocaron un sustancial cambio en la complicada madeja de coaliciones formada en el escenario nacional, y que posibilitó el golpe del 4 de junio. Un sector dirigente, el vinculado a la producción agraria, se veía desplazado parcialmente del control de la economía del país, ya que el rubro que manejaba dejaba de ser el más importante. Entraba en acción otro grupo, el de los empresarios industriales, reclamando apoyo y créditos. Por otro lado, grandes masas de trabajadores se concentraban ahora en el cinturón industrial de las grandes ciudades, especialmente Buenos aires y Rosario.

Borrados de la escena, fruto de su desprestigio, los partidos políticos en los primeros años del régimen no participaban de los acontecimientos nacionales. Los conservadores, damnificados directos de la revolución, se sepultaron en un hosco resentimiento, los radicales, en un primer momento favorecidos por la caída de Castillo, fueron retrayéndose a medida que el gobierno evidenciaba su escasa simpatía por la causa aliada. En cuanto a los socialistas y demócratas progresistas, ejercían su descontento hacia los sectores nacionalistas que formaban parte del gobierno. Los comunistas no tardaron en enfrentar al gobierno de facto desde la clandestinidad.

Así, a pocos meses de la revolución, todos los partidos políticos estaban pronunciados contra el régimen militar, el que no se manifestaba preocupado, ya que el país real no estaba ya representado por los partidos políticos.

En cuanto a la Iglesia, el gobierno inaugurado con el golpe de junio, contó con el apoyo y participación de muchas figuras del catolicismo dominante. La prensa nacionalista celebró largamente el suceso, en el que veía, por fin, la encarnación de sus proyectos. Se ha señalado que la identificación entre el gobierno y los grupos católicos no era total. La acción gubernativa –que evocaba la alianza entre la cruz y la espada- parece haber chocado a quienes esperaban una integración del catolicismo en términos menos castrenses y más delicados. Pero las diferencias no eran fundamentales, este gobierno se acercaba mucho a lo que los católicos buscaban, sobre todo después de los primeros actos del gobierno de Ramírez.[4]

A partir de los cambios inesperados por parte del gobierno, los cuadros reclutados en las filas católico-nacionalistas veían peligrar sus objetivos. La declaración de guerra y ruptura de relaciones con el Eje, provoca la renuncia de la mayoría de los nacionalistas: era el fin de su hegemonía y el inicio de la de Perón. Las reformas instauradas por la Secretaría de Trabajo y Previsión, forzaron a un replanteamiento por parte de los católicos, en cuanto a la justicia social y al papel de los obreros en la sociedad. Además debían pronunciarse sobre la personalidad que emergía como el nuevo depositario de la confianza popular.

La confusión aumentaba al comprobar que Perón se apropiaba de algunos de sus slogans: un discurso nacionalista en el plano económico, la reivindicación de sus encíclicas papales para imprimir un signo cristiano a su obra social, la posibilidad de consolidar la enseñanza religiosa mediante este heredero del régimen que la había implantado. Estas ventajas venían acompañadas de elementos menos atractivos. Fue sobre todo el aspecto obrerista y populista del gobierno lo que provocó objeciones entre los intelectuales nacionalistas.

Los sindicatos y Perón

Cuando se produjo la revolución de 1943 existían cuatro centrales obreras antagónicas, dos de ellas de tendencia socialista y una anarquista. El régimen militar que conquistó el poder con el golpe del 4 de junio clausuró e intervino varios sindicatos, promulgó un “estatuto de las organizaciones gremiales” de corte totalitario y reprimió movimientos reivindicatorios con medidas policiales. La creación de la secretaría de Trabajo y Previsión y la acción personal de Perón modificaron, a partir de noviembre de 1943, una situación tensa que estaba a punto de estallar en una violenta huelga general.

Poco tiempo después y a través de la gestión directa de Perón, una de las centrales obreras –la CGT Nº 1- empezó a absorber a la otra –CGT Nº 2- y adoptó una actitud de colaboración con el gobierno. La transformación no fue difícil: bastó cambiar algunos de los interventores de sindicatos –entre ellos los poderosos ferroviarios, que solicitaron el envío del teniente coronel Domingo A. Mercante-, derogar el decreto fascista y promover la formación de nuevas organizaciones obreras.[5]

La unidad sindical alrededor de la CGT se fue concretando rápidamente; los dirigentes comunistas fueron drásticamente radiados de la conducción sindical. Algunos dirigentes socialistas prefirieron trabajar pacíficamente con el régimen militar y en la medida que obtenían victorias para sus gremios se iban desvinculando de su partido.

El coronel Perón vigilaba muy de cerca el desarrollo de las relaciones entre los sindicatos y el Estado. A pesar de su colaboración con la facción militar de extrema derecha, a cierta altura de este período comprendió que el actual gobierno no podría sobrevivir exclusivamente por la fuerza, como lo habían intentado los regímenes de  la década de 1930. Entendió que, para prolongarse en el tiempo, debía contar con un amplio apoyo político del pueblo, y se decidió a emplear el movimiento obrero como la base de ese respaldo.

Al reunirse con dirigentes sindicales, se enteró de sus deseos: igualdad de status con respecto a todos los demás grupos integrantes de la sociedad argentina, y un gobierno representativo de sus intereses y aspiraciones. En lo específico, querían la libertad de agremiación en todo el país, un Ministerio de Trabajo eficaz, sistemas de jubilaciones y de previsión social, y el fin de la intervención oficial en los gremios.

El 27 de octubre de 1943, el gobierno nombra a Perón director del Departamento de Trabajo y Previsión Social. En un mes consiguió aumentar la importancia de su nuevo puesto, al convertir al Departamento en una secretaria independiente cuyo titular poseía rango ministerial. Se halló así en mejor posición para responder a las demandas de los trabajadores. Perón comprendió que –en lo fundamental- los dirigentes gremiales deseaban la ayuda oficial para obtener un nuevo status en la sociedad.[6]

Además de buscar respaldo mediante sus discursos, Perón tenía en claro que debía disputar la herencia nacionalista, llevando a cabo un programa que beneficiara  claramente a los trabajadores. Una vez logrado el apoyo de los trabajadores, el objetivo sería reducir la influencia de los partidos Socialista y Comunista. Su política tuvo éxito en la medida que ganó el apoyo de la mayoría de los trabajadores liberales, porque había sido más favorable al movimiento obrero que ninguna otra persona.

Fue aquí, en el terreno gremial, que los socialistas encontraron las más grandes dificultades. Muchos dirigentes de origen y militancia socialista se encontraron con que sus viejas organizaciones adquirían ahora una importancia que nunca habían tenido. Ganaban los conflictos, crecía el número de sus miembros, se robustecían económicamente y encontraban en la secretaría de Trabajo un apoyo total. Y en la medida que sus organizaciones iban adelante, ellos sentían que se debilitaba su vinculación espiritual y disciplinaria con el viejo partido. Las autoridades socialistas veían con angustia que sus activistas más prestigiosos se alejaban calladamente.[7]

Una resolución intentó frenar la deserción ordenaba a los dirigentes socialistas que “en sus relaciones con el gobierno de hecho impuestas por la naturaleza de sus funciones, deben limitarse al trámite ordinario de los asuntos que interesen a la respectiva organización, pero sólo en cuanto tales gestiones encuadren dentro de los límites autorizados por la Constitución y por las leyes que ha sancionado el Congreso Nacional”.[8] El remedio era peor que la enfermedad, pretendía que los dirigentes sindicales ignoraran toda legislación social del gobierno militar y privaran así a sus gremios de los beneficios otorgados.

La depresión y la Segunda Guerra Mundial estimularon el proceso de industrialización en la argentina, al aislarla otra vez de los países europeos que tradicionalmente la proveían de productos terminados. La consiguiente demanda de trabajadores industriales, más la política oficial de restricción de la inmigración, provocaron una gran migración de trabajadores desde las zonas rurales del interior hacia Buenos Aires y las restantes ciudades del país.

Esta nueva variable que se introducía en el escenario nacional, no fue captada en su real dimensión por la dirigencia sindical. Los migrantes internos y los trabajadores sindicalizados se miraban con hostilidad y desconfianza. Los nuevos trabajadores no conocían el socialismo, el fascismo, la democracia o la Constitución de 1853. Su concepto del gobierno derivaba de la relación patrón-peón en la estancia, paternalista y autoritaria.

Es en esta dicotomía obrero nuevo- obrero viejo, que Germani basa su teoría del nacimiento de los movimientos populares en Argentina. Ya hemos visto que si bien, es una variable que debe ser considerada, no es la determinante.

Si bien Perón había conquistado el apoyo de la mayoría de las organizaciones obreras hacia fines de 1944, el mismo no resultaba tan absoluto como parecía. Los gremios liberales que se oponían a Perón eran La Fraternidad, los obreros del calzado, los textiles, una fracción de los empleados de comercio y una fracción de la Unión Tranviaria. Los laboristas, aunque representaban una sustancial mayoría en la CGT, se hallaban en una posición incómoda. Apoyaban las conquistas de Perón y deseaban que continuara el proceso, pero también concordaban con muchas de las críticas de los liberales.

Un año clave, 1945

Algunos historiadores coinciden que para el año 1945 Perón tuvo conciencia de que se acortaban los tiempos. Seguro de su ascendiente en el movimiento obrero, buscó completar la legitimidad que le proporcionaba este liderazgo con un acercamiento al sector radical de cuño yrigoyenista. El radicalismo había padecido desde el abandono de la abstención varios desprendimientos de grupos que no transigieron con la vuelta a las urnas. Entre los más intransigentes se contaba –como ya se ha visto- a los militantes de FORJA y al sabattinismo cordobés. Hay coincidencia en aceptar que Perón inició contactos con alguno de estos grupos entendiendo que las masas radicales que habían seguido a Yrigoyen podían ser captadas con un discurso de tono nacionalista y popular.

Sabattini optó por escuchar propuestas y mantenerse al margen de los acontecimientos sin pronunciarse en contra del gobierno. Efectivamente, el proceso de desgaste se aceleraba. Corrían rumores de actividades conspirativas, la Marina realizó un planteo pidiendo elecciones inmediatas y exigiendo que se prohibiera a los miembros del gobierno hacer propaganda electoral en provecho propio.

La caída del gobierno era inminente, fue entonces que los actores sociales hicieron sus jugadas, concretaron sus alianzas, e intentaron llegar al poder.

El camino hacia el 17 de octubre

Los acontecimientos iban a desencadenarse rápidamente.  Como pocas veces, los intereses políticos, económicos y sociales, iban a polarizarse de una manera descarnada. Los militares, los conservadores, radicales, socialistas y comunistas, los sindicatos, la iglesia y hasta Estados Unidos iban a manifestar sus apetencias y sus intereses, en función de los cuales realizarían las coaliciones que más los favorecieran. El país iba a dividirse en dos. Los actores entraban en escena.

Entre cada dos actores, el grado de parecido entre sus actitudes hacia los controles sociales existentes (o sea sus intereses y sus actitudes políticas) determina una afinidad o antagonismo. Cada actor recibe desde cada otro actor una fuerza de atracción o de repulsión, así se crea una matriz, en base a la cual se pueden calcular las coaliciones. Se llega de esta manera a un cierto número de coaliciones, entre las cuales habrá antagonismos. En ese momento se aplica el principio del “mal menor”, por el cual cada coalición siente afinidad “táctica” hacia las que le sin menos antagónicas. En base a esas afinidades se vuelve a hacer el cálculo de coaliciones. Para diferenciar las primeras coaliciones, basadas en la afinidad, de estas segundas más tácticas, llamaremos a las primeras fusiones, y a las segundas frentes.

Dentro del gobierno, el grupo “pragmático”, dirigido por Perón, que consideraba conveniente llegar a un entendimiento con los Estados Unidos, se impuso en febrero de 1944 cuando Ramírez fue derrocado y reemplazado por el general Edelmiro J. Farrell. El costo fue que los grupos nacionalistas comenzaron a considerarse traicionados por Perón, que estaba detrás de las nuevas autoridades.

La política adoptada por éstas tuvo un éxito parcial hacia fines del año 1944. En los Estados Unidos hubo un cambio de secretario de estado y el nuevo funcionario decidió recomponer las relaciones con la Argentina. La respuesta fue que nuestro país declaró la guerra al Eje, en marzo de 1945. La rendición alemana se daría tres meses después. En Mayo llegó al país el nuevo embajador, Spruille Braden, quien enseguida tomó una oposición de abierto enfrentamiento con Perón e intervención directa en la política nacional. Estaba convencido de que la lucha contra el régimen militar argentino era una continuación de la que acababa de terminar en Europa.

Lo mismo pensaba gran parte de la oposición. Ésta había formado una Junta de Coordinación Democrática, que abarcaba desde el conservador Partido Demócrata Nacional hasta el comunismo, pasando por radicales, democrata-progresistas y socialistas.

Quedaba así conformada la matriz de la coalición. La justificación para unir a sectores tan disímiles estaba dada por el hecho de que, a juicio de sus dirigentes, lo que se enfrentaba era una amenaza fascista y contra ella se hacía necesaria la unidad de los más diversos grupos, como había sucedido durante la guerra en Europa.

La política social de Perón estaba en conflicto, por otra parte, con el empresariado local, especialmente el rural.[9] Uno de los temas que más trataba Perón en sus discursos, y al que consideraba fundamental para su programa de gobierno –aunque nunca llegó a ejecutarlo- era el de la reforma agraria. Manifestaba que la tierra debía dejar de ser un bien de renta para convertirse en un bien de trabajo. Tampoco, pese a sus frecuentes efusiones verbales contra el capitalismo y el imperialismo, Perón abrió un frente de lucha real contra sus expresiones concretas. Dice  Félix Luna:

Agresivo y revolucionario en las palabras, protagonista  él mismo de un proceso revulsivo que habría de transformar al país, Perón administró prudentemente sus enemistades y nada hizo para echarse encima más hostilidades de las que había provocado. En cambio, tenía una especial vocación para aglutinar gente e ideas y hacerlas suyas”.[10]

Aunque todos estaban unidos por la empresa política común y la común adhesión a su jefe, los que apoyaban a Perón constituían un movimiento muy heterogéneo. Había radicales del viejo cuño yrigoyenista; sindicalistas de todas las tendencias y orígenes, desde el más vergonzoso amarillismo hasta el anarquismo o el socialismo reformista; nacionalistas que estaban con Perón por un sentimiento visceral de rendimiento ante el hombre fuerte, el líder, el caudillo. Pero el naciente peronismo de 1945 se nutría de un sentimiento que salvaba sus pecados de origen, todos vivían esa aventura como un audaz salto al futuro. Una nueva Argentina.

Podría decirse que eran dos las Argentinas que se enfrentaban, el país viejo que aún creía en las viejas fórmulas, por un lado; y el país nuevo que integraba a una realidad insoslayable, el pueblo, al resto de la sociedad.

Finalmente, el 8 de octubre de 1945 se pronunciaron los mandos de Campo de Mayo, pidiendo el retiro de Perón de todos sus cargos oficiales. El general Eduardo Ávalos, jefe de esa guarnición, antiguo miembro del GOU, se plegó al movimiento, quizá en parte para moderarlo y evitar derramamientos de sangre. Se le unió el almirante Vernengo Lima, que aportó el apoyo de la Marina, siempre desconfiada del innovador coronel que jugaba con fuego. Perón se vió obligado a retirarse y al día siguiente fue apresado, supuestamente para protegerlo de la ira de sus enemigos. Todo el gabinete también renunció y comenzó una semana de vacío de poder.

Mientras tanto, los partidarios de Perón comenzaron a organizarse para la resistencia. Entre la masa de la población más pobre, el rechazo a la nueva situación era muy neto, agudizado por ciertas medidas tomadas por entidades empresarias que decidieron no cumplir con las leyes sociales recientemente decretadas, a su juicio ilegales y destructivas de la economía nacional. Era el momento de saber hasta que punto el trabajo de seducción llevado a cabo por Perón había dado los frutos esperados, hasta donde esa nueva fuerza institucional podría llegar en defensa de sus intereses.

Ante la agitación popular por el retorno de Perón, se reunió el Comité Confederal de la CGT. La central estaba bastante debilitada por la desafiliación de varios sindicatos antiperonistas y por la presencia de entidades paralelas a las antiguas, algunas de dudosa representatividad, fruto de la aplicación del decreto sobre Asociaciones profesionales. Muy tironeado por actitudes contradictorias en cuanto a la estrategia por adoptar, finalmente el Comité Confederal decidió convocar a una huelga general para el 18 de octubre.

La decisión no fue fácil, muchos de los dirigentes, aunque reconocían las conquistas sociales debidas a Perón, no creían que el movimiento obrero debía jugarse por él. Un dirigente de origen socialista dijo en un momento de la discusión:

Otros coroneles no van a faltarnos… ¡Bastará que vayamos a Campo de Mayo y aparecerá una docena![11].

Básicamente dos eran las posturas. Una encabezada por su secretario General, Silverio Pontieri, que procuraba llegar al gobierno para solicitar garantías; y la que tenía por animadores  a un grupo heterogéneo de dirigentes, cuya preocupación fue, desde un principio, poner en estado de alerta a los sindicatos y preparar la inminente movilización obrera.

Después de casi diez horas de debate, a la una de la mañana se votó: la moción    de la huelga triunfó por 16 votos contra 11.[12]

El debate desatado en la central obrera, resultó arrasado por las masas, las que no acatarían las órdenes sino que habrían de lanzarse a la calle cuando los participantes de la reunión estaban metiéndose en la cama. No saldrían a defender las abrumadoras y pensadas consignas de la CGT sino que concentraron su empeño en un objetivo único: la libertad de Perón. Sobrepasaron a sus dirigentes, desbordaron a sus sindicatos y a la CGT, así como desmoronaron en cuestión de horas a las cavilaciones de Sabattini, la retórica de los partidos, todo resultó arrasado por una masa que no se sentía representada por nadie, y que intuía que su única garantía era un hombre por el que debían luchar: Perón. Cuando todos daban por terminada la carrera de ese arrogante coronel, cuando la oposición saboreaba su triunfo, ese pueblo ignorado, explotado y subestimado dió vuelta la historia. La suma de azares inverosímiles que se fueron dando en aquellos días permitió que Perón volviera a Buenos Aires exactamente cuando millares de trabajadores, en vez de entrar a las fábricas, comenzaran a marchar hacia la ciudad, empujados por un instinto oscuro e indetenible, casi sin jefes ni plan previo.

Las multitudes del 17 de octubre carecían del tono de solemnidad y dignidad característico que impresionaba como la decorosa encarnación de la razón y de los principios. Los comunistas hicieron referencia a los “clanes con aspecto de murga”, si bien este espíritu festivo fue más tarde glorificado y legitimado, representaba un apartamiento radical respecto de los cánones de la época sobre el comportamiento público aceptable de los obreros. Esta transgresión de las normas tradicionales fue resentida sobre todo por los comunistas, anarquistas y socialistas.[13]

Al final de la agotadora jornada, Avalos aceptó que había perdido la partida, Perón fue liberado y concurrió a la Casa Rosada, desde donde se dirigió al pueblo al que solicitó que se desconcentrara en calma, pues todo había vuelto a la normalidad. Se convino en que Perón, por su propia voluntad, se retiraría de las posiciones de gobierno, pero mantendría su candidatura y todos sus amigos quedarían en el régimen. Fue una victoria decisiva, que le permitió lanzar una campaña con todas las ventajas del oficialismo y del estado de sitio que se mantuvo hasta casi el día del comicio. Para las elecciones se armaron básicamente dos partidos que apoyaron la candidatura de Perón: el Laborista y la UCR Junta Renovadora.

Había nacido el peronismo.

CONCLUSIONES

Sin dudas el 17 de octubre es una de las fechas más importantes de las últimas décadas. Sus consecuencias nos alcanzan hasta hoy día. Marcó el comienzo de la integración de la clase obrera como tal en el proceso político nacional, al que era ajena hasta entonces. La rápida industrialización del país y la formación de un sector social directamente ligado a la actividad industrial, nucleado en sindicatos, contribuyeron a que el proletariado adquiriera en muy poco tiempo una clara conciencia de sus intereses. Fue entonces la inserción de la clase obrera al mapa político del país, el saldo más importante del 17 de octubre.

Marcó también una irreductible división entre los argentinos. Se enfrentaron dos formas distintas de ver la realidad nacional y luego del enfrentamiento, ya nada volvió a ser lo que era. Quizás la imagen que refleje de manera más clara dicho enfrentamiento, sea la de el secretario del procurador de la Nación llevando a la Casa Rosada la lista ministerial formada por Alvarez… afuera  la plaza parecía una caldera a punto de reventar, pero Alvarez nada había comprendido. Como dice Luna: Pocas veces dos líneas históricas pudieron confrontarse gráficamente de una manera más directa.

Esa ceguera fue la misma que acompañó a la oligarquía tradicional durante el transcurso de toda esta historia, ni siquiera los acontecimientos del 17 fueron lo suficientemente demostrativos para ellos. Sería un error fatal con vistas a las próximas elecciones.

Las jornadas de octubre marcaron también el fin de la era de la oligarquía como clase gobernante. Nacía otra Argentina.


[1] Hacia junio de 1944 habían cesado de hecho las relaciones diplomáticas entre nuestro país y el resto del continente. Un invisible pero real cordón sanitario creaba a nuestro alrededor un vacío. En setiembre, una dura declaración del presidente Roosevelt llevó las relaciones argentino-norteamericanas a un punto de congelamiento.

[2] LUNA, FÉLIX. Op. Cit. Página 24.

[3] LUNA, FÉLIX. Op. Cit. Pág 29.

[4] El decreto de enseñanza religiosa en las escuelas públicas (Nº 18.411), la represión de las organizaciones comunistas y socialistas, la legalización de la censura de la prensa escrita y radiofónica (decreto Nº 18.496), la disolución de los partidos políticos (decreto Nº 18.498) y la emigración masiva de los profesores liberales de las principales universidades. Citados por CAIMARI, LILA M. Op. Cit. Pág 71.

[5] LUNA, FELIX. Op. Cit. Página 48.

[6] BAILY, SAMUEL. Op. Cit. Página 85.

[7] “A los dirigentes sindicales que Perón no podía captar, los metía presos. Perón arrasó con los cuadros dirigenciales y lanzó a las directivas a militantes que, en la mayoría de los casos, eran ilustres desconocidos dentro de sus gremios.” Testimonio de Américo Ghioldi a Félix Luna, Op. Cit. Página 122.

[8] LUNA, FELIX. Op. Cit. Página 75.

[9] La sanción, a mediados de 1944 del estatuto del Peón Rural, fue vista como una fuente de abusos y de encarecimiento antieconómico.

[10] LUNA FÉLIX, Op. Cit. Página 195.

[11] Ibídem, página 276.

[12] TORRE, JUAN CARLOS. Op. Cit. Página 72. La difusión de las actas de sesión del 16 de octubre, ha puesto fin a una errónea versión recogida por algunos autores, entre ellos Félix Luna en El 45, que adjudicaba el triunfo a un margen más limitado de 21 votos contra 19.

[13] JAMES, DANIEL. “17 y 18 de octubre de 1945: el peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina”, en TORRE, JUAN CARLOS. Op. Cit página 111.

3 Responses to EL GOBIERNO MILITAR (1943/1946). Presidencias de Ramírez y Farrell. El 17 de octubre de 1945.

  1. Armando Esteban Quito :D

    NO SE VE NADAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA /:

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