GOLPE de ESTADO de 1943. La Argentina preperonista, actores sociales e institucionales

por Alejandro Héctor Justiparán

El 4 de junio de 1943 se produce un Golpe de Estado que derroca al entonces presidente Ramón Castillo. Concluía así, de manera violenta, el período de la historia argentina conocido como “Década Infame” o “Restauración conservadora”, que había tenido como punto de partida –significativamente- a otro golpe de Estado, el de 1930, y que había derrocado a Hipólito Yrigoyen. Ambos nombres caracterizan por sí solos al período en cuestión, etapa regida por el fraude electoral, la exclusión política de la mayoría de la población , hechos de corrupción en los que resultaron involucrados miembros de la dirigencia política y por un Estado “capturado” por una clase dirigente interesada en la realización de sus intereses particulares.

LA ARGENTINA PREPERONISTA Y EL GOLPE DE 1943

Actores sociales e institucionales

Hacia 1943 el clima social era de gran descontento, con una opinión pública pendiente de los acontecimientos europeos -recordemos que se estaba desarrollando la 2ª Guerra Mundial- y con un sistema político carente de legitimidad. Crisis, esta era sin dudas una de las palabras más escuchadas entonces. Crisis que se manifestaba de diferentes maneras.

a) Crisis de identidad, manifestada por una crisis de concepción de la identidad nacional, atribuida a la convergencia de dos procesos relativamente independientes el uno del otro: la pérdida del prestigio de la clase alta tradicional y, por otro lado, la exigencia de incorporación a la comunidad planteada por los estratos más bajos en rápido desarrollo.

b) Crisis de dependencia, a partir de 1930 se puso de manifiesto la otra cara de la relación de dependencia: la tendencia al abuso del poder por parte de las naciones dominantes y, para la Argentina, la necesidad de inclinarse ante sus exigencias.

c) Crisis de distribución, la creciente distancia entre el desarrollo de la Argentina y el de la potencia económica dominante, Inglaterra, se reflejó, dentro del país, en la creciente brecha entre la situación económica de los sectores ricos y la de los sectores pobres de la población.

d) Crisis de participación, el sociólogo argentino Gino Germani[1] ha propuesto una tipología de las fases históricas argentinas según la medida de la participación del grueso de la población en el proceso político. En dicha tipología, el lapso comprendido entre 1930 y 1943 está clasificado como “retroceso artificial a un sistema de participación limitada”. El grueso de la población fue excluido del acontecer político, más que nada por métodos de manipulación de las elecciones.

e) Crisis de legitimidad, ésta fue, quizás, la más importante entre las diversas crisis que se presentaron después de 1930, pues afectó al sistema político en su sustancia, en su núcleo. Lo más acertado sería definirla como la suma de las restantes crisis, referida al sistema político.

El movimiento obrero y sus orígenes. El Nacionalismo popular.

A partir de 1890, el movimiento obrero organizado ha desempeñado un papel decisivo en la transformación de la Argentina de una sociedad agrícola tradicional a una sociedad moderna tanto en lo político e ideológico, como en lo económico. La prioridad de los reclamos obreros, estaba centrada en la mejora salarial y en las condiciones de trabajo, pero también les preocupaba que tipo de sociedad era la que les tocaba en suerte, y quien era aquel que la regiría.

La ideología tras la cual justificaban sus demandas sociales y políticas, era el nacionalismo popular. Se entiende a esta tendencia, como a la fuerza generada por los trabajadores “movilizados” que buscan establecer una nueva identidad y proteger sus intereses. Manifiesta el deseo de los trabajadores por formar una comunidad particular sobre cuyo destino influirán.[2] Apuntaban a un cambio radical en la estructura social en beneficio de una distribución más justa del poder, por cuanto se la considera como la mejor forma de librar al país de la influencia extranjera y de crear una sociedad igualitaria.

En el movimiento obrero argentino han surgido dos formas básicas de nacionalismo popular:

q       En primer lugar, apareció una forma “liberal”, cuando los trabajadores inmigrantes europeos y sus hijos buscaban asimilarse a la sociedad argentina.

q       Más tarde se desarrolló una forma “antiliberal”, cuando los trabajadores criollos migrantes del interior entraron en contacto con la ciudad, y se empeñaron en conservar su modo tradicional de vida en el ambiente urbano.

Durante el siglo XIX, el liberalismo se desarrolló primordialmente en la sociedad con centro en Buenos Aires como una ideología de reforma. El desarrollo del país se debía alcanzar mediante el gobierno constitucional, la educación, el capital europeo y la inmigración europea.

Los liberales desconfiaban de las masas, y lo demostraron dándole la espalda a la clase obrera en formación. Consecuentemente, a fines del siglo, apareció un liberalismo de izquierda, orientado más que nada por el Partido Socialista. Los socialistas también querían modernizar a la Argentina, pero a la receta liberal antes citada, le agregaban la exigencia de una participación política del trabajador inmigrante europeo en Buenos Aires y ciertas formas del Estado benefactor. Podría decirse que los socialistas argentinos modificaron su tradición liberal, para hacerla aceptable a los trabajadores inmigrantes europeos.

Mientras tanto, en el interior surgió una filosofía criolla entre quienes rechazaban el liberalismo. El criollo izquierdista compartía muchos elementos de la tradición hispanocatólica de la Argentina, pero exigía una sociedad igualitaria en lugar de una sociedad gobernada por una élite.

El flujo inmigratorio fue decisivo para la organización de la clase obrera. El movimiento obrero argentino, desde sus comienzos rudimentarios en 1857, hasta la declinación temporaria ocurrida luego del Centenario de la Independencia en 1910, fue un reflejo bastante fiel del movimiento obrero europeo. Los grupos obreros adquirieron allí sus métodos de organización y agitación, así como sus ideologías y programas específicos. La mayoría de sus integrantes y prácticamente todos sus dirigentes, fueron también originarios de Europa, aparentemente, los recién llegados no tuvieron oposición alguna en la práctica cuando organizaron y condujeron el movimiento obrero embrionario.[3]

La división entre socialistas y anarquistas limitó la eficacia de la labor sindical, como ya había sucedido en Europa. Comenzada apenas su industrialización, Argentina era aún un país principalmente agrícola gobernado por una oligarquía terrateniente. La inmensa mayoría de los trabajadores procedía de España e Italia, países donde era poderoso el anarquismo. No se comprendían así los métodos llevados a cabo por la Vorwärts[4], que pretendía que los trabajadores adoptaran técnicas parlamentarias no-revolucionarias. “Mientras el obrero veía como la oligarquía dominaba el país mediante el fraude y la fuerza, no podía ilusionarse con las soluciones parlamentarias para sus problemas.”[5]

A mediados de 1890 se crea la primera federación sindical argentina, la federación de Trabajadores de la Región Argentina (FTRA), la que dos años después manifestaba una evidente orientación socialista. Después de su segundo congreso, en 1892, la minoría anarquista revolucionaria se retiró, lo que provocó, junto con otros factores, la disolución de la novel FTRA.

Fracasado su intento, y tras varios intentos fracasados de formar una federación fuerte, y como su interés primordial era conseguir el control político de la sociedad, los socialistas se dedicaron a formar un partido político. De todas maneras, no tuvo éxito la campaña de los socialistas para asimilar al trabajador inmigrante. En 1896, sólo el 43% de los 764 afiliados al Partido Socialista, eran ciudadanos argentinos aptos para votar y tan sólo en 1915 el partido puso en vigor la resolución aprobada por su comité ejecutivo en 1895, que establecía que sus afiliados debían ser ciudadanos argentinos.

Los socialistas fracasaron pues en brindar un liderazgo eficaz al movimiento obrero, en gran parte debido al empleo de métodos parlamentarios de una Alemania que se industrializaba, en un momento en que dichas actividades no podían producir los resultados por ellos esperados.

Pese a la debilidad socialista, durante las décadas de 1880 y 1890, los anarquistas no alcanzaron a competir eficazmente con él por la dirección de la masa obrera, en gran parte debido a sus divisiones internas.

La dirección anarquista del movimiento obrero se diferenciaba mucho de la socialista. En lugar de empeñarse por asimilar los trabajadores a la sociedad, y de este modo llegar a la reforma de esta última, los anarquistas intentaron crear una “sociedad pura” y radicalmente nueva, sin vacilar en la utilización de métodos violentos y “socialmente inaceptables” para conseguir sus fines. Así, la huelga general revolucionaria fue el método nuevo más importante empleado por los anarquistas para tratar de derrocar al gobierno y conquistar beneficios para los obreros.

En su mayoría, la oligarquía terrateniente conservadora en el poder desde 1880 a 1916 manifestó poca comprensión o simpatía por el movimiento obrero naciente. Muy pocos de sus integrantes –Carlos Pellegrini, Joaquín V. Gonzalez, Roque Saenz Peña– reconocieron la necesidad de ayudar a la clase trabajadora, pero no pudieron cambiar el modo de pensar de su propia clase. Una excepción resultó el proyecto de ley nacional del trabajo enviado al Congreso por el ministro del interior Joaquín V. González en 1904, que establecía la jornada de ocho horas, la reglamentación del trabajo nocturno, el descanso dominical, el seguro por accidente, la reglamentación del trabajo femenino y la prohibición de trabajar a los menores. Dicho proyecto no fue aprobado, los patrones pensaron que la ley otorgaba al trabajador concesiones inauditas.

El fracaso de este y otros esfuerzos a cargo de los elementos más progresistas de la oligarquía por establecer canales eficaces de comunicación entre los patrones, el gobierno y el movimiento obrero, se debió en gran parte a que ninguna de las partes estaba dispuesta a otorgar concesiones, y el resultado, fue la supresión directa del movimiento sindical, luego de movilizaciones realizadas durante los festejos del Centenario.

Cambios en la composición de la clase obrera

Diez años le costaron al movimiento obrero la recuperación de sus facultades. Pero este “movimiento renovado” no era el mismo que el gobierno había aniquilado. La nueva generación de trabajadores tuvo dirigentes sindicalistas y más tarde socialistas, en lugar de anarquistas. Muchos factores diferenciaron a las generaciones obreras “nuevas”, de las anteriores, a saber:

q       Cambios en su composición. Los artesanos inmigrados de Europa, que trabajaban en situaciones de estrecho contacto personal con sus patrones, dieron lugar, después de la Guerra del ’14, a trabajadores del transporte[6] que vivían a lo largo y ancho del país, muchos de los cuales eran hijos de inmigrantes con escaso o ningún contacto personal respecto de sus patrones.

q       El aumento de hijos de inmigrantes que aparece en el movimiento obrero, fue el resultado del transcurso del tiempo y de la Primera guerra Mundial.

q       Nuevos gremios diversifican a la clase sindical. Durante este período se organizan los bancarios, los periodistas, los empleados de comercio, los trabajadores del telégrafo y los empleados públicos.

El gobierno, a través de la presidencia de Yrigoyen, también modificó sus actitudes. Una importante diferencia, fue que por primera vez, los “sectores medios” conquistaban una influencia decisiva en la dirección del país. Los dirigentes del nuevo gobierno sostenían que representaban a todo el pueblo argentino, y no simplemente a la oligarquía terrateniente. Se protegieron los derechos de sindicalización y de huelga del movimiento obrero, y comprometió al Estado en las disputas entre el capital y el trabajo, para asegurar justicia a ambas partes. Al mismo tiempo, empero, se tomaron medidas que desvirtuaron la incipiente fe de los trabajadores en el gobierno.

Esa falta de confianza se fundaba en que el presidente carecía de un programa laboral específico, y en consecuencia trataba a los trabajadores sindicalizados de acuerdo con las necesidades del momento. El fracaso en institucionalizar los derechos del movimiento obrero eran muy manifiestos. La falta de aprobación de una legislación laboral que protegiera sus intereses, se prolongó durante el gobierno de Alvear.

Los sucesos de la Semana Trágica, del 7 al 14 de enero de 1919, ejemplificarían tanto el temor oficial como el grado de apoyo gubernamental al movimiento obrero. La caída de los salarios reales y el precedente de la Revolución Rusa, sirvieron para empeorar la relación entre patrones y obreros. A pesar de la ambivalencia de la política laboral de Yrigoyen, el gobierno mostró cierta predisposición hacia el movimiento obrero organizado, y este hecho fomentó nuevas e importantes actitudes sindicales para el desarrollo del nacionalismo argentino.

El cambio de dirigentes gremiales antes citado, reflejó los cambios en la clase obrera y en el gobierno. Los sindicalistas rechazaron el exclusivismo de sus predecesores y siguieron un programa de gremialismo apolítico que hacía posible la cooperación con el Estado.

Después de la guerra, el restablecimiento de vínculos con Europa resultó la causa principal del deterioro en la posición del trabajador argentino. La industria nativa tenía que competir ahora con la extranjera por el mercado interno. En consecuencia, si bien el movimiento obrero organizado alcanzó cierto apogeo en 1920, se fragmentó en forma desastrosa poco después.

Nace la C. G. T. La lucha por la dirección sindical.

El año de 1930 marca el ingreso de Uriburu al gobierno tras derrocar al gobierno constitucional de Yrigoyen. Este militar de extrema derecha, en representación de una coalición de fuerzas conservadoras similar a la que había dominado a la argentina antes de la guerra, se mostraría hostil a las aspiraciones sindicales.

Pocas semanas más tarde, los integrantes de la Confederación Obrera Argentina (COA), controlada por los socialistas, la Unión Sindical Argentina (USA), controlada por los sindicalistas, y un grupo de sindicatos autónomos se fusionaron para establecer la organización que desde entonces ha dominado el movimiento obrero argentino: la Confederación General del Trabajo (CGT).

Se insistió en la  independencia de  ideas políticas y de grupos ideológicos. Hacia fines de 1933, el programa apolítico de los sindicalistas contaba con el apoyo de la mayoría del Comité Sindical, pero no pudieron conseguir la adhesión de los gremios grandes e importantes aún controlados por los socialistas. Esto provoca hacia 1935 la derrota de los dirigentes sindicalistas a manos de los socialistas, cuyas ideas se adecuaban más a la situación política de la década de 1930. La cooperación con el gobierno que resultó durante la presidencia de Yrigoyen, durante los gobiernos de Uriburu y Justo, equivalía a un suicidio.

“El nacionalismo liberal, surgido dentro del movimiento obrero entre 1935 y 1939, se acentuó durante los cuatro años siguientes porque se lo empleó para nuevos fines. (…) después de 1939 los socialistas utilizaron el nacionalismo para conservar su liderazgo en el movimiento.” “En 1935, los socialistas tuvieron éxito al enfrentar a los sindicalistas por el control de la CGT, empero, como dirigentes del movimiento obrero después de 1935, tampoco pudieron mejorar la actuación de sus antecesores.”[7]

Fue en dichas circunstancias, que comienzan a tomar importancia los sindicatos comunistas. El aumento de la influencia comunista en el movimiento obrero se relacionaba muy de cerca con el aumento de los sindicatos por industria. Durante la década de 1930, la industria argentina se desarrolló con rapidez, junto con el aumento de los trabajadores industriales, organizados por los comunistas.

Mientras los socialistas se peleaban con los comunistas, también debían enfrentar al desafío menor de los gremios sindicalistas, desplazados en 1935, de su posición de privilegio.

El movimiento obrero se fue consolidando durante los años previos y el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Desplazada la corriente sindicalista, la hegemonía había pasado al Partido Socialista, con una competencia seria por parte del Partido Comunista. Ésta era significativa en los gremios de la construcción, la carne, y en otros más nuevos, como los metalúrgicos o los textiles, donde la mayor persecución patronal y oficial sólo daba lugar a que una minoría del personal se agremiara.

En los sindicatos nuevos y pequeños la autoridad máxima era la asamblea de todos los socios, que elegía a la comisión directiva. Los teóricos del Partido Socialista estaban particularmente opuestos a esta forma organizativa, ya que no se sentían muy seguros de controlar ese tipo de reuniones aun cuando contaran con el apoyo de una mayoría de afiliados, que a menudo no iban a esas reuniones, o se retiraban temprano, cansados de las interminables discusiones. Los militantes de base, en cambio, incluso los del propio Partido Socialista, las preferían porque las consideraban una forma directa de democracia, aun cuando concurriera sólo una pequeña parte del personal agremiado.[8]

Para defender a los dirigentes del usual despido o de la negativa a emplearlos, se hacía necesario asignarles un sueldo, lo que les creaba un modo de vida muy distinto al del común de los obreros, que los podían considerar “burócratas”. El Partido Comunista, con bastantes fondos a su disposición, a menudo rentaba a sus militantes, lo que les ayudaba a dedicarse plenamente a las tareas de organización o a no preocuparse si eran echados del empleo por su activismo.

La interferencia de la política partidaria hizo que la CGT se dividiera en dos durante la reunión del Comité Central Confederal de diciembre 1942 a enero 1943. Quedó de un lado la CGT Nº 1, relativamente apolítica, basada en la Unión Ferroviaria y su jefe José Domenech, quien aunque afiliado socialista, era muy independiente de las directivas que provenían de su partido. Del otro lado, la más politizada CGT Nº 2, con socialistas y comunistas, y encauzada hacia la formación de un Frente Popular, como en Francia y en Chile. La dirigían Francisco Pérez Leirós, municipal, y Ángel Borlenghi, de los empleados de comercio, ambos socialistas.

En áreas más periféricas del movimiento obrero se daban nuevas iniciativas, con la formación de un significativo movimiento de “sindicatos autónomos”, o sea que no pertenecían a ninguna de las dos CGT. Eran a menudo simpatizantes del anarquismo.

En 1942, los anarquistas consiguieron organizar cuatro sindicatos autónomos en los grandes frigoríficos de Avellaneda disidentes de los hegemonizados por los comunistas y pronto extendieron su acción a Berisso, donde tenían algunos militantes. Ahí se vincularon con Cipriano Reyes, que tenía una cierta simpatía ideal hacia ellos.

Ofrecieron a Reyes proponerlo como secretario general de la seccional, todavía dentro de la Federación Obrera de la Industria de la Carne (FOIC) comunista o, si no, del nuevo sindicato autónomo que se crearía. Se intentó impugnar la candidatura de Peter, un popular dirigente comunista, en una asamblea que terminó en forma violenta al aparecer la policía, la que se llevó a gran cantidad de gente, con lo que se frustró el intento de quitarle la conducción al PC.

Se inicia a raíz de esto una huelga de diecinueve días, que sólo termina cuando el gobierno libera a CiprianoReyes y se concede un aumento de cinco centavos la hora; el gremio declara su autonomía de la FOIC y aclama a Cipriano como secretario general. De aquí parte su meteórica aunque breve carrera sindical, en clara alianza con la militancia anarquista, y como alternativa del dominio comunista.

En vísperas de la era de Perón, el movimiento obrero organizado se encontraba en posición ambigua. Por un lado, la CGT contaba con unos 331.000 afiliados, sobre un total de 547.000 obreros sindicalizados en el país. Además, al participar activamente en la campaña antifascista de fines de 1930 y principios de 1940, la CGT había identificado por primera vez al sindicalismo con sectores importantes de a sociedad argentina. Por otro lado, estaba sindicalizado menos de un tercio de los trabajadores industriales del país, y cerca de la décima parte de todas las personas empleadas en relación de dependencia. La abrumadora mayoría de ellos se concentraba en Buenos Aires y Rosario.

El movimiento obrero organizado había elaborado un nacionalismo liberal para defender sus intereses, pero se hallaba dividido y, por cierto, no era un movimiento auténticamente representativo.

El continuismo conservador de Castillo

Ramón Castillo

La actitud reformadora de Ortiz, se vió interrumpida por su enfermedad, debido a la cual tuvo que delegar el cargo en Castillo, provisionalmente en 1940 y poco después de manera definitiva. El nuevo presidente reorganizó el gabinete dándole un contenido más claramente conservador, decidido a perpetuar al partido en el gobierno a través del fraude electoral.

Mientras tanto, entre los opositores proliferaban actitudes de unidad. Una unidad Democrática entre radicales, demócrata-progresistas, socialistas y comunistas reproduciría las experiencias de los frentes populares, sobre todo vividas en Francia, España y Chile desde antes de la guerra.

Sin embargo, estas negociaciones encontraban resistencia en el sector más “intransigente” de la UCR dirigido por Amadeo Sabattini, que no deseaba diluir la unión radical.  La necesidad de unidad contra lo que se veía como influencia fascista en el gobierno de Castillo se reforzó por algunas medidas de éste. Una fue el cierre del Concejo Deliberante de la Capital, por denuncias de corrupción, agregando que si en el Congreso hubiera semejantes sospechas, no vacilaría en ponerle candado también.

Pero el detonante fue la decisión, a mediados de 1943, del Partido Demócrata Nacional de nombrar candidato para las elecciones de septiembre de ese año a Robustiano Patrón Costas, un azucarero del norte, ligado a lo más tradicional y poco renovador del partido. Cuando avanzaba 1943, la oposición carecía de líderes manifiestos y de fuerza para neutralizar la “máquina electoral” oficialista. Castillo no parecía temer la interferencia militar…

El sabattinismo y la identidad radical

La quiebra del modelo de acumulación de capital basado en la economía agroexportadora se asoció a una redefinición del papel del Estado en consonancia con un desarrollo industrial que, lejos de construir un “partido de la industria”, facilitó la creciente participación de las Fuerzas Armadas en los planos económico y político. Como contrapartida se registraba la crisis de los partidos tradicionales y de un parlamento incapaz de constituirse en espacio de procesamiento y recomposición de conflictos.

A partir de 1935, sobre la base de una común herencia yrigoyenista, emergen de la Unión Cívica Radical dos corrientes que se proclaman nacionalistas y populares: el sabattinismo cordobés y FORJA[9]. Ambas coincidirán en criticar el orden democrático fraudulento, concebido como expresión del dominio de la “oligarquía”. Pero mientras FORJA no pasó de ser un activo centro de ebullición intelectual carente de poder político alguno, el sabattinismo tendrá en sus manos el gobierno de la provincia de Córdoba entre 1936 y 1943[10].

Amadeo Sabattini se convirtió en el dirigente radical con mayor poder político efectivo durante la denominada “década infame”. Bajo su liderazgo se practicó una rigurosa transparencia administrativa en el marco de una reforma de políticas fiscales y crediticias que beneficiaba a los sectores populares[11].

Es así como, frente al conservadurismo fraudulento, la oposición “blanda” de Alvear y la impotencia política de FORJA, amplios sectores de la militancia radical comienzan a edificar el mito de Amadeo Sabattini como el auténtico heredero de Hipólito Yrigoyen.

Con el telón de fondo de la Segunda Guerra Mundial, las diferencias entre alvearistas y sabattinistas adquirieron un carácter difícilmente reconciliable. Mientras los partidarios de “Don Amadeo” suscribían una posición de neutralidad, los alvearistas se declaraban aliadófilos. Los esfuerzos de Sabattini encaminados a desplazar a los antiguos cuadros alvearistas de la dirección del partido eran sólo una cara de su ofensiva política: la otra estaría destinada a producir cambios en el poder político merced a un entramado conspirativo que vincularía a la Intransigencia radical con un sector de las Fuerzas Armadas.

La división de los radicales en neutralistas y aliadófilos operó como un agente catalizador del debate sobre la identidad radical. Mientras los primeros tenderán a pensar al radicalismo en términos de un movimiento nacional globalizador, los segundos se inclinarán a reconocerse como “parte” en la lucha común que junto con otras corrientes políticas libraban contra el fascismo.

El neutralismo defendido por Sabattini se fundaba en una concepción del mundo que asociaba dos supuestos, la decadencia de Europa y el destino singular de la Argentina en el concierto de las naciones. Su reflexión política gira en torno de la construcción de la Argentina como Nación,  para Sabattini el partido radical “es la expresión de lo propio, de lo nacional” y su función es “cumplir los fines de la argentinidad, presente en nosotros como en ningún otro partido”.

Parte así de una concepción teleológica por la cual el radicalismo es la expresión de la nacionalidad y, al mismo tiempo, está dotado de la misión histórica de construirla. Esa identificación conduce a cuestionar como parte de la comunidad argentina al resto de los partidos políticos[12]. Esta es la matriz ideológica que permite explicar por qué, desde la perspectiva sabattinista, el resto del mosaico político será “siempre”, adversario de la UCR. Para Sabattini la “independencia económica y espiritual del país” era incompatible con los políticos conservadores filobritánicos, la izquierda extranjerizante y un peronismo apéndice y resabio del fascismo europeo.[13]

La tendencia a negar el esquema político pluripartidista, convierte en axioma operativo a la inflexibilidad en política de alianzas.

El propósito sabattinista de soldar la identidad nacional mediante un movimiento popular globalizador de la voluntad democrática del pueblo argentino encontrará una fuerte resistencia en la corriente unionista y aliadófila de la Unión Cívica Radical. En la Convención Nacional de 1945, Gregorio Topolevsky expresaría que la UCR no es el “símbolo de la patria” puesto que esta “no tiene otros símbolos que su bandera y su escudo”.[14] En el mismo sentido, Silvano Santander afirmaría que “la definición conceptual de la conciencia argentina” debía ser patrimonio de todos los partidos políticos, no sólo del radicalismo.

Si bien Sabattini consideraba a los conservadores como contendientes naturales de la UCR –una suerte de mal necesario para legitimar el ejercicio de la democracia-, el tema preocupó a uno de los más lúcidos teóricos y políticos que tuvo el Partido demócrata de Córdoba, don José Aguirre Cámara. Para éste, el tipo de identidad política que Sabattini proponía para el radicalismo equivalía a un “virus maligno aniquilador de toda posible vida democrática”.

De lo expuesto se desprende la existencia de un conflicto endógeno irresuelto en torno a la identidad radical: ¿partido o expresión totalizadora de la voluntad nacional y democrática del pueblo argentino?. Ese mismo conflicto jugará un papel trascendental en los sucesos de octubre de 1945.

La Iglesia frente a la génesis del peronismo

La atracción y el rechazo, la fascinación y la repugnancia: tales fueron las reacciones que la aparición del peronismo produjo en la sociedad argentina. La Iglesia no fue una excepción a esta regla. El mundo católico de los años treinta ya estaba dividido por grandes  debates políticos. La aparición de un líder popular salido de las Fuerzas Armadas, que proclamaba insistentemente su inspiración en la doctrina social de la iglesia, no podía más que cambiar los términos del debate preexistente y transformar las alianzas.

El impacto del surgimiento del peronismo en el universo católico parece un punto de vista revelador de las contradicciones latentes en esta relación. La polémica sobre los grandes cambios de este período fue la prolongación de discusiones que los habían dividido profundamente durante la década precedente, el resurgimiento de una vieja lucha cuyos términos fueron transformados con la parición de Perón. Las incertidumbres que la perspectiva de un gobierno peronista presentaba en 1946 eran enormes y permitían proyectar esperanzas y temores muy diversos.

Dos eran los temas centrales que preocupaban a la opinión católica en aquel momento. El proceso de industrialización acelerada del país en los años treinta provocó grandes cambios en su estructura social. Desde principios de siglo, diversos grupos políticos habían expuesto teorías sobre los modelos posibles de integración del nuevo proletariado a la vida social y política del país. Cuando este grupo encontró su expresión política en la persona de Perón, los diversos sectores del catolicismo que eran parte de esta polémica debieron ajustar sus posiciones a la nueva realidad.

El segundo gran tema de la vida política está relacionado con los eventos europeos. La preocupación era que modelo europeo seguir. El surgimiento de autoritarismos en Italia, Alemania y España, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial polarizaron la opinión pública argentina. Este país de inmigración aún muy reciente se sentía profundamente afectado por dichos sucesos.

Al igual que la mayoría de los países occidentales, la Argentina de los años treinta vivió la crisis del modelo liberal, hasta entonces hegemónico. En los círculos intelectuales, diversos grupos nacionalistas buscaban la receta para sacar del país de los dilemas contemporáneos, inspirándose en el modelo nazi, fascista o falangista y combinándolo alternativamente con ingredientes locales. A pesar de lo unánime de las críticas al sistema, no hubo un acuerdo sobre la forma ideal de la nueva sociedad posliberal.

Algunas de las utopías elaboradas, no tenían relación particular con el catolicismo, o incluso chocaban con él. Pero en la mayoría de los casos los nacionalistas soñaban con una “sociedad perfecta” donde la religión católica y la institución eclesiástica tuvieran un lugar central: la primera para dar un principio de verdad absoluta y la segunda para aportar la única garantía de unidad nacional. Por eso el “hispanismo”,[15] era particularmente atractivo para quienes deseaban convertir a la Iglesia en el eje de su proyecto político.[16] La compatibilización de los temas nacionales  con el universalismo cristiano y los elementos tomados del fascismo planteaba problemas teóricos a veces difíciles de resolver. Las ideas más diversas sobre el enemigo supremo –el liberalismo, los judíos, el comunismo o una combinación de los tres- formaban parte de un ideal positivo: la construcción de una sociedad fundamentalmente cristiana.

El foro de debate de estos temas eran los Cursos de Cultura Católica (CCC), estrechamente unidos a la jerarquía eclesiástica, que daba aliento a sus iniciativas y los apoyaba económicamente. En los debates allí organizados, los nacionalistas dominaban la escena frente a la minoría de católicos liberales.

La cuestión de la actitud de los católicos Ante el fascismo suscitó un vasto debate en los CCC. A pesar de las relaciones equívocas de este movimiento con la religión, la adhesión coyuntural fue defendida por muchos católicos.

A medida que las consecuencias de los cambios socioeconómicos manifestaban su potencial de cambio, la preocupación sobre el destino de las nuevas masas proletarias se hizo recurrente. El rechazo a una solución de tipo comunista, socialista o incluso sindicalista era evidente. Se consideraba que la “masa” no tenía ningún papel que jugar, fuera de seguir pasivamente los dictados de la autoridad. Entonces, la posibilidad de abrir juego más allá de la elite estaba descartado. El modelo elegido era entonces el de una minoría ilustrada.

El G.O.U. y el golpe del 4 de junio de 1943


Al comienzo de la década del ‘40 se había formado una logia militar secreta, especialmente difundida entre coroneles, denominada Grupo Obra de Unificación o, según otros, Grupo de Oficiales Unidos (GOU). Se trataba de un grupo con orientación nacionalista, fuertemente influido por ideas de derecha prevalecientes en ese campo intelectual en aquel entonces, y con simpatías por los países del Eje Roma-Berlín-Tokio, al que le asignaban fuertes posibilidades de ganar la guerra. Muchos de sus miembros, sin embargo, eran mas bien pragmáticos y buscaban desarrollar una política que permitiera al país asumir un rango importante en el mundo, como líder de un área económico sudamericana.

El complot pretendía, por espíritu de disciplina, llevar al poder al ministro de Guerra de Castillo, general Pedro P. Ramirez. Por otra parte marchaba un proyecto independiente, dirigido por el general Arturo Rawson. Antes la crisis desatada por la perspectiva de continuismo conservador, ambos proyectos confluyeron, y una asonada militar rápidamente derrocó al presidente el 4 de junio de 1943; sólo hubo una pequeña resistencia y una treintena de muertos.

El resultado de estos dos factores fue una situación confusa, pues asumió la primera magistratura, provisional, el general Rawson. Pero a los tres días ya había sido desplazado por Ramirez. Detrás de éste había un grupo de poder que incluía como elemento importante al coronel Juan D. Perón y otros tres o cuatro miembros del GOU.

Uno de los mitos propiciados por el propio GOU era el de considerarse los responsables del movimiento del 4 de junio. Como ejemplo, he aquí dos testimonios esclarecedores. Uno a cargo del coronel ® Domingo A. Mercante en entrevista con Félix Luna.[17]

“A fines de 1942, hacia Navidad, Perón me llamó a su oficina (…) Y me leyó algo que había escrito, de su puño y letra, sobre la necesidad de unir a los oficiales del Ejército, jerarquizar sus cuadros, infundir nuevos objetivos a las Fuerzas Armadas. Era el documento inicial del GOU (…) Esto significa la revolución, le contesté”.

El segundo testimonio está a cargo del propio Perón al mismo autor, en enero de 1969.

“Cuando vuelvo a Buenos Aires me encuentro con una serie de oficiales que me dicen: hemos escuchado sus conferencias y estamos total y absolutamente con usted. Pensamos que el proceso que usted ha descripto es indetenible y que en nuestro país estamos abocados a un nuevo fraude electoral que lo entregará a las fuerzas más regresivas. Nosotros no estamos con eso (…) Ellos me dijeron que no habían perdido el tiempo; que el Ejército estaba organizado y que podían tomar el poder en cualquier momento (…) les dije: cuidado muchachos, despacio, porque tomar el gobierno para fracasar, es mejor no tomarlo (…) Denme diez días, después nos juntamos y les doy mi parecer”.

“Hablé entonces con mucha gente. El primero, Patrón Costas (…) Le dije que en el peor de los casos no llegaría a proclamarse su candidatura y que si alcanzaba a proclamarse, de todos modos no sería presidente (…) Hablé también con los radicales, con socialistas, etc (…) lo que yo no quería era un golpe militar intrascendente (…) llamé a mis camaradas y les dije: Yo me hago cargo, pero no del golpe militar ni del gobierno que resulte, sino de la realización de la revolución de fondo que debe seguir a este golpe militar. Este golpe sólo tiene razón de ser si a continuación podemos hacer una transformación profunda que cambie toda la orientación que se ha seguido hasta hoy, que es mala.”

“Así ocurrió la revolución y yo, de acuerdo con lo que había exigido, fui designado en un puesto secundario, jefe del Estado Mayor de la Primera División, porque no quería estar en el primer plano. Y empecé a trabajar para formar un concepto, unas bases de lo que debía ser la revolución.”[18]

Los ministerios fueron ocupados por militares, casi todos del GOU, divididos entre los que eran fuertemente neutralistas (o simpatizantes del Eje) y los que preferían que el país se acercara a los Aliados. Por razones de técnica y de vinculación con el empresariado, se designó a un civil, Jorge Santamarina, en Hacienda.

Las tropas que habían salido a la calle lo habían hecho comandadas por sus jefes naturales. Esto le había dado a la revolución un carácter estrictamente castrense. Sin embargo en el espectro político los distintos partidos se mantuvieron expectantes con la idea de ubicarse provechosamente en el nuevo cuadro de situación. Los militares golpistas adquirieron para un amplio sector de la opinión pública la imagen de salvadores de la república frente a un futuro que prometía ser el continuismo del fraude conservador, de los negociados, de la venalidad de los hombres públicos. El manifiesto revolucionario prometía terminar con la corrupción y el fraude que habían “desvinculado al pueblo de la cosa pública” y Rawson denunciaba el peligro de que el comunismo ganara terreno en un país lleno de posibilidades.

Ante el hecho consumado la Suprema Corte de Justicia avaló el gobierno de facto con una acordada redactada en los mismos términos que la del año ’30.

Para comprender el marco político en el que se dieron los hechos, debe considerarse la división en las filas conservadoras en torno a más de una candidatura. Tampoco puede dejar de mencionarse la cercanía de algunos personajes del radicalismo y la tendencia natural de esta fuerza a buscar el apoyo de los hombres de armas considerados –desde tiempos de Yrigoyen– custodios de la democracia.

Varias fueron entonces las motivaciones que guiaron a este grupo de militares en la búsqueda del poder, la ruptura del continuismo conservador, del fraude patriótico, y también la lectura de una sociedad que había sufrido grandes cambios. El aumento de las masas obreras como consecuencia del proceso de industrialización, había desbordado a los dirigentes, tanto políticos como sindicales. El peligro de un giro de estos grupos hacia la izquierda también era preocupante.

Restaría saber, si como dice Perón en sus declaraciones, tenía bien en claro desde un principio cual era el camino a seguir. Si su política de seducción hacia los gremios y las mejoras  que otorgará a los obreros desde la Secretaría de Trabajo son, en definitiva, muestras de una notable intuición política.

Fueron muchos los intereses que coincidieron, para que el golpe tuviera el éxito esperado. Los grupos nacionalistas, presentes en el Ejército y en la Iglesia, contaron con el tácito apoyo de todos los partidos políticos que se veían afectados por el fraude conservador. Los sindicatos, en su mayoría de tendencia socialista y comunista, aguardaban expectantes, mejoras a sus condiciones laborales, las que no podían esperar del gobierno conservador. Ya veremos que muchas de estas alianzas, tácitas algunas y concretadas otras, se modificarían en el curso de los próximos dos años.


[1] Germani, Gino (1911-1979), sociólogo italo-argentino, estudió el proceso de transformación de la sociedad tradicional a la sociedad moderna en los países latinoamericanos. Su trabajo puede dividirse en dos periodos. El primero está centrado en la epistemología y la fundamentación de la sociología. Entiende la sociología como expresión unificadora, a la manera de las ciencias positivas. La divide en tres partes: teórica, descriptiva y aplicada. El segundo, de mayor originalidad y madurez, se ocupa del análisis de los procesos de modernización. Analizó el proceso de transformación de las sociedades de América Latina, en especial los casos de Argentina y Brasil. De su amplia obra se señalan: Política y sociedad en una época de transición (1962), Sociología de la modernización (1969) y El concepto de marginalidad: significado, raíces históricas y características teóricas (1980.

[2] BAILY, SAMUEL L. “Movimiento obrero, nacionalismo y política en la Argentina”, página 15.

[3] En 1914, el inmigrante representaba el 59% de los trabajadores sindicalizados, aunque apenas el 47% de la población obrera. Alberto Belloni, “Del anarquismo al peronismo”, citado por Baily, ibídem, pág 20.

[4] Primer grupo importante que difundió las ideas socialistas. Fue formado por obreros refugiados de la Alemania de Bismarck.

[5] Ibídem, página 24.

[6] La aparición de los obreros del transporte fue consecuencia del rápido desarrollo económico y la modernización iniciados a fines del siglo XIX, y en particular del asombroso crecimiento de la sindustrias ferroviaria y marítima. Ibídem, página 41.

[7] Ibídem, página 71.

[8] DI TELLA, TORCUATO. S. “Historia social de la Argentina contemporánea”. Página 254.

[9] FORJA: Fuerza de Orientación Radical de la Joven argentina.

[10] TCACH, CESAR. “Sabattinismo y Peronismo”. Página 19.

[11] Ibídem, página 20.

[12] El peronismo “… no supo comprender lo nacional y olvidó la constitución del ser argentino”; la izquierda “no se funda en ideales eminentemente argentinos”; y la fuerza conservadora “es antitética con los principios del radicalismo, como que éste nació para combatir el sentido regresivo, egoísta y colonial que animó las actividades del régimen”.

[13] Declaración de Amadeo Sabattini, en diario Córdoba del 330/7/45, citada por César Tcach en “Sabattinismo y Peronismo”, página 23.

[14] La Nación, 30/12/45; citado por César  Tcach en “Sabattinismo y Peronismo”, página 24.

[15] Tendencia del nacionalismo que buscaba una vuelta a España y sus tradiciones. Venía generalmente acompañado de la mano del antisemitismo.

[16] CAIMARI, LILA M. “Perón y la Iglesia católica”, página 65.

[17] LUNA, FÉLIX, “El 45”, página 57.

[18] Ibídem, páginas 59 a 63.

18 Responses to GOLPE de ESTADO de 1943. La Argentina preperonista, actores sociales e institucionales

  1. alejandra

    hola me saque un 10 en la facu locooo

  2. **__antonela__***

    esta rre buena esta info tiene de todo!!! espero sacame tmbien un 10 jajaja….besitos chikos estudien** jaja **__aNtOnElA__**

  3. Alejandro Justiparan

    Muchas gracias. A. Justiparán

  4. FeeR

    re buena la info espero q estudie carooo….

  5. mayra

    no me sirvio para nada esta informacionn perdonenme pero mo me sirvio

  6. chima jonathan

    es mui buena la informasion q traen me gusta grasias 😉

  7. Belda

    Está muy buen redactada la info. Me sirvió de muccccho! Gracias.. 😀

  8. JAVRIEL

    ta chomasa che gil no save ace un travago

  9. flor

    eta re PiiOlaa ! Laa Infoo! JuusTiipaaRaaN!! BeSHoos

  10. vane

    me re gusto la informacion re buenaa

  11. mabel

    por favor si alquien puede ayudarme con esto¿ como era la politica en argentina antes del golpe,y mencione la situacion delos sectores popular?

  12. mabel

    por favor¿CUALES FUERON LAS CAUSAS Y CONSECUENCIA DEL GOLPE Y MENSCIONELA SITUACION DE LOS SECTORES

  13. mabel

    por favor explique la importancia del 17 de octubre,mencione la importancia de los sectores sociales

  14. andreina

    Hola Alejandro, mira entre de casualidad, buscando info sobre un frigorifico,el A.n.g.l.o, para hacer un trabajo, y no te miento si te digo, que ya van como 3 hs o 4 hs , navegando tus paginas,nada , ni la urgencia de preparar la cena me convencen de levantarme, gracias miles por tanta informacion, tan bien detallada, tan objetiva , no tengo palabras, sera que me gusta tanto la historia, esta pagina es un paraiso, mucha , pero mucha suerte en todo, y por favor, nunca dejes de escribir-cordialisimos saluds, Andrea

  15. tomas

    muy buena la informacion
    gracias

  16. Alejandro Justiparan

    Muchas gracias por el comentario Andrea!

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