EL PINO DE SAN LORENZO, último testigo vivo que queda del memorable combate.

EN EL HUERTO DEL CONVENTO de San Lorenzo consérvase aun el pino añoso, a cuya sombra, según cuenta la tradición, descansó San Martín el 3 de febrero de 1813, después de la jornada de aquel día, bañado en su propia sangre, y cubierto con el polvo y el sudor de la victoria, tras el combate de San Lorenzo.

El pueblo de San Lorenzo, en conmemoración de este hecho, depositará sobre los restos expatriados del coronel José de San Martín una corona de oro y plata, entrelazada con gajos del histórico árbol, último testigo vivo que queda de tan memorable combate. A la corona acompañará una plancha de oro, en cuyo centro se ve grabada la imagen del pino, y a su pie, San Martín, solo y sentado, en actitud meditabunda, cual si en aquel momento hubiese tenido la visión de sus futuros destinos.

Esta es una ofrenda digna en la apoteosis del héroe. Su urna no debe ser profanada con atributos teatrales, ni con objetos que no le hayan pertenecido verdaderamente. Para adornar su tumba con la austera simplicidad que lo caracterizaba, bastará cubrir su féretro con la vieja bandera de los Andes, mortaja gloriosa en que dormirá el sueño de la inmortalidad, y colocar encima de ella una doble corona formada con los gajos de las palmas de Yapeyú y del pino de San Lorenzo, como emblemas de victoria y fortaleza, que recuerden la doble aurora de su vida y de su gloria, en la cuna y en el campo de batalla.

Fuente: MITRE, BARTOLOMÉ, Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, Anaconda, Buenos aires, 1950.

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