IMPERIALISMO DEL SIGLO XIX. El ocaso de los grandes imperios. El caso del Imperio Otomano.

Imperio otomano hacia 1914

La expansión de las potencias europeas hacia mediados del siglo XIX, trastocó radicalmente el escenario mundial. Toda África y gran parte de Asia pasaron a ser, en la mayoría de los casos, colonias europeas. En la mayoría de los casos, las antiguas clases dirigentes de los países ocupados tuvieron un papel preponderante en la colonización, colaborando con los europeos y las resistencias expresaron tanto la reacción frente a la destrucción de formas de vida como el afán de los grupos gobernantes de conservar su autoridad y prestigio.

Los tres imperios más antiguos, el persa, el chino y el otomano con sus vastos territorios y antiguas culturas, no cayeron bajo la dominación colonial, pero también fueron profundamente impactados por la expansión imperialista. El imperio otomano volvió a reunir bajo su autoridad gran parte de los territorios que habían unificado los árabes. A fines del siglo XIII, los turcos otomanos se hicieron fuertes en Anatolia. Desde allí se extendieron hacia el sudeste de Europa y tomaron Constantinopla (Estambul) a mediados del siglo XV. A principios del siglo XVI derrotaron a los mamelucos anexionando Siria y Egipto y asumieron la defensa de la costa de Magreb contra España. En su período de máxima expansión se extendió por el norte de África, la zona de los Balcanes y Medio Oriente, desde Yemen hasta Irán.

En la segunda mitad del siglo XIX, con el avance de los gobiernos europeos, sobre todo Inglaterra y Francia y a través de la penetración del comercio y de las inversiones extranjeras, el norte de África quedó desvinculado de la autoridad del sultán. En este proceso también jugó un papel significativo, el afán de los gobernantes locales por alcanzar un mayor grado de autonomía respecto a Estambul. El imperio otomano también retrocedió en los Balcanes.

Estambul, antigua pintura sobre tabla orientalista

Ante el desmoronamiento del imperio, sectores de la corte se inclinaron a favor de un amplio plan de reformas inspiradas en las experiencias occidentales. En 1876 lograron que fuera aprobada una constitución de sesgo liberal. Pero las fuerzas tradicionales demostraron una notable capacidad para resistir el cambio y en poco tiempo, el sultán revocó el texto constitucional y restauró la autocracia. En 1908, los Jóvenes Turcos, un grupo de oficiales de carrera interesados en la reorganización de las fuerzas militares y la incorporación de la tecnología occidental, dieron un golpe y obligaron al sultán a reconocerla Constituciónde 1876. La revolución estuvo muy lejos de resolver los problemas de la unidad del Imperio y de su organización política. Las tensiones entre las reivindicaciones de las nacionalidades no-turcas y el proyecto nacionalista de los militares turcos se hicieron evidentes desde que se reunió el Parlamento a fines de 1908. Además, los Jóvenes Turcos estaban divididos en fracciones con distintas orientaciones y en grupos facciosos que competían por el poder.

Ante la impotencia para impedir la desintegración del imperio, los Jóvenes Turcos fueron abandonando los ideales de 1908 y refugiándose en políticas cada vez más abiertamente xenófobas y autoritarias. Asociaron la salvación del imperio con la imposición de la identidad turca al conjunto de las comunidades que lo habitaban.

El avance de Occidente debilitó al imperio otomano, pero también trajo aparejado angustias e incertidumbres y la revisión de los pilares de la cultura y la religión musulmana. En Estambul ganó terreno el nacionalismo turco, mientras que en otras áreas del mundo musulmán algunas figuras del el campo intelectual proponían la revisión y revitalización del Islam.

La expansión europea no solo profundizaba la crisis económica y política del imperio también cuestionaba la identidad musulmana en el plano cultural y religioso y ponía en evidencia las debilidades de una civilización que había competido exitosamente con Europa. Los intelectuales del mundo islámico reflexionaron sobre las posibilidades y las desventajas del modelo occidental y en torno a las razones de la decadencia de su propia cultura.

Un sector se inclinó a favor de la modernización, pero alertando contra la mera imitación, los logros de Occidente debían reelaborarse teniendo en cuenta la identidad islámica. Admiraban los éxitos económicos y tecnológicos de Europa, pero rechazaban sus políticas imperialistas. Esta propuesta de recuperación del Islam se diferenciaba de aquellos movimientos que habían proliferado en el siglo XVIII en que no trataba de restaurar el pasado en su pureza original sino que proponía la reformulación del legado islámico en respuesta al reto político y cultural de Occidente. En este grupo se destacaron Yamal al-din al-Afghani (1838-1897) pensador y activista político y su discípulo Mohammed ‘Abduh (1849-1905) abocado a la reforma intelectual y religiosa.

Afghani nació en Irán en un contexto familiar relacionado con el clero shiíta persa. Viajó por el mundo musulmán desde Egipto a la India. El estado de descomposición social que percibió en todas las regiones lo condujo a proponer un programa cuyo punto de partida era la reforma interna. Los males del mundo musulmán eran causados por el expansionismo europeo, pero también por los gobernantes autocráticos y los ulemas aferrados a una interpretación retrógrada de la doctrina. Reconoció la conveniencia de aprender de Occidente en el plano científico y en el de las ideas políticas, pero evitando su materialismo y laicismo. Afghani no era nacionalista ya que la reforma interna y la expulsión de los europeos debía plasmarse a través de una unión islámica supranacional.

Este modernismo islámico fue esencialmente un movimiento intelectual y no dio lugar a organizaciones duraderas, pero perduró como corriente de pensamiento interesada en compatibilizar la interpretación del islam con la reforma sociopolítica del mundo musulmán.

Fuente: 

Carpetas docentes de Historia.  FaHCE-UNLP

http://carpetashistoria.fahce.unlp.edu.ar/

 

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