EL RETORNO DE PERÓN. Lanusse y el Gran Acuerdo Nacional (GAN)

 

La movilización popular fue identificándose cada vez más con el peronismo y con el propio Perón, que hacia 1971 había llegado a ocupar en la política argentina una posición casi tan central como la que tenía cuando era presidente. Su proscripción, tras el golpe de 1955, lo había transformado en árbitro de la política argentina, determinante en las elecciones de 1958 y 1963. No hubo -en este período- partido político, agrupación, gremio o facción militar que no haya tenido que pronunciarse en referencia a su estado, obligando en muchos casos a rupturas y divisiones.

Impotentes y desconcertadas, las Fuerzas Armadas advirtieron que debían buscar una salida al callejón en que estaban metidas. En retirada, debían negociar sus términos con diversas fuerzas sociales y políticas, y en definitiva con Perón mismo…

Los partidos políticos tradicionales, a fines de 1970 la mayoría de ellos firmó un documento, La Hora del Pueblo, cuyos artífices fueron Jorge Daniel Paladino, delegado personal de Perón, y Arturo Mor Roig, veterano político radical, y que fue la base de su acción conjunta hasta 1973. Constituyó la primera expresión oficial de reconciliación entre el peronismo y el radicalismo. Allí se acordaba poner fin a las proscripciones electorales y asegurar, en un futuro gobierno electo democráticamente, el respeto a las minorías y a las normas constitucionales. El documento incluía también algunas definiciones sobre política económica, moderadamente nacionalistas y distribucionistas, que permitieron el posterior acercamiento tanto dela CGT como dela CGE, las organizaciones sindical y empresaria, que por su parte acordaron también un pacto de garantías mínimas.

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El gobierno militar abría el juego de la política, convirtiendo al sindicalismo organizado y a los principales partidos, en mediadores de la emergencia social. En marzo de 1971 Lanusse anunció el restablecimiento de la actividad política partidaria y la próxima convocatoria a elecciones generales, subordinadas sin embargo a un Gran Acuerdo Nacional (GAN), sobre cuyas bases había venido negociando con los dirigentes de La Hora del Pueblo. Se trataba de imponer a todos los sectores políticos aquellas reglas de juego que permitieran no solamente una salida honrosa para el Ejército, sino también la candidatura de uno de sus representantes. ¿Lanusse?. El Estado debía recomponer su poder y su legitimidad. (1)

En sus memorias, el presidente de facto justificaba su accionar afirmando que había que restaurar la democracia para “quitar todo argumento a la subversión”, porque “el totalitarismo de izquierda pudo florecer con naturalidad donde existían dictaduras reaccionarias”, y que era necesario el retorno de Perón, si se quería terminar con su mito. De otro modo, “Perón, en España, sin alternativa política, habría terminado convirtiéndose en el comandante en jefe de la subversión sin correr riesgo alguno”.

Las discrepancias sobre cómo enfrentar a las organizaciones armadas y a la protesta social eran crecientes y anunciaban futuros dilemas: mientras se creó un fuero antisubversivo y tribunales especiales para juzgar a los guerrilleros, algunos sectores del Estado y las Fuerzas Armadas iniciaron una represión ilegal: secuestro, tortura y desaparición de militantes, o asesinatos a mansalva, como ocurrió con un grupo de guerrilleros detenidos en la base aeronaval de Trelew en agosto de 1972.

Para el gobierno, el centro de la cuestión estaba en el GAN, que empezó siendo una negociación amplia y se convirtió en un tironeo entre Lanusse y Perón, bajo la mirada pasiva del resto. La propuesta inicial del gobierno contemplaba una condena general de la “subversión”, garantías sobre la política económica y el respeto a las normas democráticas, y que se aseguraba a las Fuerzas Armadas un lugar institucional en el futuro régimen, desde donde tutelar la seguridad.

Lanusse envió a su secretario Cornicelli a Madríd para conversar con Perón. Formaban parte de la negociación la devolución del cadáver de Evita y la restitución de su grado militar (Perón había sido degradado tras el golpe de 1955).

El anciano líder no resignó su papel de referente de la ola de descontento social ni renunció al apoyo proclamado por buena parte de las organizaciones armadas. Más aún, las alentó y legitimó permanentemente y, cuando en 1972 se organizóla Juventud Peronista, incluyó a su dirigente más notorio, Rodolfo Galimberti, en su propio Comando estratégico.

En julio de 1972, y convencido de que nada podía esperarse de Perón, Lanusse optó por asegurar la condición mínima: que Perón no sería candidato, a cambio de su propia autoproscripción, a través de una cláusula que impedía ser candidato a quien no estuviera en el país antes del 25 de agosto. Tácitamente, Perón aceptó las condiciones.

En noviembre de 1972 regresó al país, por unos pocos días,  organizó su combinación electoral: el Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), con una serie de partidos menores, al que impuso la fórmula presidencial: Héctor J. Cámpora, su delegado personal, y Vicente Solano Lima, un político conservador que desde 1955 acompañaba fielmente a los peronistas.

“Cámpora al gobierno, Perón al poder”, el lema, señalaba el carácter ficticio de la representación política. El 11 de marzo de 1973, el peronismo triunfó con casi el 50% de los votos, asumiendo Cámpora la presidencia el 25 de mayo. Ese día asistieron el presidente chileno Salvador Allende y el cubano Osvaldo Dorticós. Bajo la abdocación de las dos experiencias socialistas del continente, la sociedad movilizada y sus dirigentes escarnecieron a los militares, transformando la retirada en huida, y liberaron de la cárcel a los presos políticos condenados por actos de subversión, legalizada a través de una inmediata Ley de amnistía dictada por el Congreso.

El fenómeno, sin duda singular, de la heterogeneidad del movimiento peronista, que abrazaba tanto a elementos de la extrema izquierda como de la extrema derecha, se explica a partir de la decisión y habilidad de Perón para no desprenderse de ninguna de sus partes

“LA FIGURA SIMBÓLICADE PERÓN, UNA Y MUCHAS ALA VEZ, HABÍA LLEGADO A REEMPLAZAR A SU FIGURA REAL”, señalaba el historiador  José Luis Romero. Y en palabras de su hijo, Luis Alberto Romero, Perón expresaba un sentimiento general de tipo nacionalista y popular, de reacción contra la reciente experiencia de desnacionalización y privilegio.

Para algunos -peronistas de siempre, sindicalistas y políticos- esto se encarnaba en el líder histórico, que, como en 1945, traería la antigua bonanza, distribuida por el Estado protector. Para otros -los más jóvenes, los activistas de todos los pelajes- Perón era el líder revolucionario del Tercer Mundo, que eliminaría a los traidores de su propio movimiento y conduciría a la liberación, nacional o social, potenciando las posibilidades de su pueblo.

Inversamente otros, encarnando el ancestral anticomunismo del movimiento, veían en Perón a quien descabezaría con toda la energía necesaria la hidra de la subversión social, más peligrosa y digna de exterminio en tanto usurpaba las tradicionales banderas peronistas.

Para otros muchos -sectores de las clases medias o altas, quizás los más recientes descubridores de sus virtudes- Perón era el pacificador, el líder descarnado de ambiciones, el “león hervíboro” que anteponía el “argentino” al “peronista”, capaz de encauzar los conflictos de la sociedad, realizar la reconstrucción y encaminar al país por la vía del crecimiento hacia la “Argentina potencia”.

El fenómeno sorprendente de 1973, la maravilla del carisma de Perón, fue su capacidad para sacar a la luz tantos anhelos insatisfechos, mutuamente excluyentes pero todos encarnados con alguna legitimidad en el anciano líder que volvía al país. El 11 de marzo de 1973 el país votó masivamente contra los militares y el poder autoritario y creyó que se iban para no volver. Pero no votó por alguna de estas opciones, todas ellas contenidas en la fórmula ganadora, sino por un espacio social, político y también militar, en el que los conflictos todavía debían dirimirse.

Imagen 1: http://www.magicasruinas.com.ar/tapas/piehist821.htm

Imagen 2: http://www.revistauncanio.com.ar/notes.php?sec=5&ed=34

Imagen 3: http://www.cunadelanoticia.com/?p=37025

(1) ¿Quienes se opusieron al GAN?  Las organizaciones de la tendencia revolucionaria del peronismo y las guerrilleras no peronistas rechazaron el acuerdo. Lo mismo ocurría con los representantes del sindicalismo combativo y clasista. También los militares nacionalistas se opusieron al GAN, al igual que los sectores liberales tradicionales.

Bibliografía consultada:

Romero, Luis Alberto, Breve hhistoria contemporánea de la Argentina, FCE, Bs. As, 2001, 2da edición.

Gillespie Richard, Los soldados de Perón.

 

 

 

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