LA SEMANA TRÁGICA, Yrigoyen y los conflictos obreros.

En enero de 1919, una huelga realizada por los obreros de los Talleres Metalúrgicos Vasena en demanda de una jornada laboral de ocho horas y el pago de horas extras, se extendió a otras fábricas de la Capital Federal. La respuesta del gobierno presidido por don Hipólito Yrigoyen fue la represión policíaca y militar. Los enfrentamientos se extendieron durante varios días y costaron la vida de más de un centenar de personas, motivo por el cual se recuerda a esas jornadas como las de la “semana trágica”.

A partir de 1914, los enfrentamientos entre obreros y patrones se agravaron, en gran parte debido a que la situación económica empeoró, en primer lugar por la desocupación en aumento, y en segundo término por una inflación creciente que afectaba el poder adquisitivo de los trabajadores. Así, entre 1917 y 1919 el número de huelgas fue mayor a las realizadas entre 1907 y 1910. El gobierno radical intentó mediar en los conflictos, resolviendo en muchos casos a favor de los reclamos sindicales, provocando la irritación de los sectores conservadores, porque este tipo de medidas contrastaba seriamente con las tomadas por los gobiernos oligárquicos que precedieron a Yrigoyen. Pero un partido comola UCR que pretendía representar a todos los sectores sociales, ¿Qué intereses debía proteger? ¿los de los propietarios o los de los obreros que en su mayoría se enrolaban en el partido Socialista?

“Forzoso es (afirma Yrigoyen en junio de 1919) incorporarse en la evolución del progreso humano, colocando siempre por encima de todo otro interés y de todo otro derecho los de la sociedad y los de la Nación, y ese objetivo no se alcanza erigiendo la violencia y el imperio del más fuerte como arbitrio de las decisiones, sea del capital para torturar el trabajo, sea de éste para expoliar a aquél (…), En la armonización necesaria e indispensable de esos dos grandes factores, es donde ha de hallarse la tranquilidad general y el bienestar común (…), Cuando la fuerza colectiva del trabajo oprime al capital, destruye su propia fuente de vida; cuando el capital domina una huelga, dejando sumidas en la miseria a millares de familias, no ha dado solución al conflicto, antes bien, ha ahondado sus raíces. Fue respondiendo a estas ideas que el gobierno requirió a los obreros, declinaran de sus actitudes extremas y aceptasen el procedimiento de la conciliación y la solución por el arbitraje (…).”[1]

 Como proponía Yrigoyen, la estrategia radical en materia laboral era la de alcanzar la “armonía entre las clases”, y  para ello el Estado debía cumplir la función de árbitro de los conflictos entre obreros y patrones. A partir de entonces, el gobierno consideró a los sindicatos como representantes de los obreros, y en su intermediación fluctuó entre el apoyo a los reclamos y la represión armada a los huelguistas. Muchas veces la decisión dependía de que sindicatos eran los que estaban involucrados en la protesta o de quienes eran los que presionaban para reprimir. Para el caso, era claramente una posición indefinida y contradictoria. En palabras del historiador Osvaldo Bayer: “… Yrigoyen sabe capear los temporales (…) el quid de la cuestión está en no decidirse. En un conflicto siempre hay dos partes que dicen tener razón. El radicalismo es una interpretación muy argentina de los hechos. Navegar entre dos aguas es difícil, pero compromete menos (…)”

Pero esta estrategia claramente fracasó en enero de 1919. Los hechos se iniciaron el 7, cuando huelguistas, algunos de ellos afiliados a la FORA del V Congreso (de tendencia anarquista y que promovía la acción violenta) reclamaban la reducción de la jornada laboral de 11 a 8 horas, mejores condiciones de salubridad, la vigencia del descanso dominical, el aumento de salarios y la reposición de los delegados despedidos. El gobierno intercedió accediendo a los reclamos huelguistas, pero sus indicaciones fueron desoídas por la empresa, que sólo atinó a contratar otro personal para romper la huelga.

La situación se tornó confusa porque el gobierno empezó a negociar con la FORA del IX Congreso (de tendencia sindicalista y más tendiente a las negociaciones), logrando un acuerdo que no fue reconocido por el ala anarquista de la FORA. La empresa entonces intervino mediante grupos de choque armados y organizaciones de ultra derecha como la Liga Patriótica Argentina, que atacaron a los huelguistas metalúrgicos a tiros con el resultado de varios muertos.[2]

La huelga general se extendió rápidamente por la ciudad. El día 9 la multitud que asistió al sepelio de las víctimas fue duramente reprimida. Los enardecidos manifestantes produjeron desmanes, mientras fuerzas policiales y grupos de activistas se enfrentaron en un clima de guerra civil que a algunos atemorizó por creer que se estaba frente a una verdadera revolución social. Para David Rock, la huelga tuvo “un carácter espontáneo, emocional y carente de objetivos precisos (…) fue más bien una sucesión de revueltas desarticuladas que una genuina rebelión obrera…”

Un gobierno dubitativo vaciló entre la negociación y la represión, al tiempo que sumó a la intervención a las tropas al mando del general Dellepiane. Sectores conservadores pretendían ver en los disturbios una real amenaza al orden establecido, mientras grupos voluntarios de civiles de clase media y alta recibieron armas y salieron a la caza de agitadores. Finalmente la presencia militar impuso orden en las calles mientrasla FORAlograba algunos acuerdos con la empresa Vasena. Las reivindicaciones obreras habían sido logradas y la huelga llegaba a su fin. ¿El precio? Las cifras de los muertos es imprecisa. Estadísticas policiales calculan hasta 65 muertos y 130 heridos entre los manifestantes, mientras las fuerzas de seguridad sumaban 4 muertos y 9 heridos. Otras fuentes hablan de 140 y de hasta 700 muertos.

“La rebelión social duró exactamente una semana, del 7 al 14 de enero de 1919. La huelga había triunfado a un costo enorme. El precio no lo pusieron los trabajadores sino los dueños del poder, que hicieron del conflicto un caso testigo en su pulseada con el gobierno al que consiguieron presionar en los momentos más graves e imponerle su voluntad represiva”[3]

 

[1] MAZO, Gabriel del, El radicalismo. Notas sobre su historia y doctrina, citado en Historia de los partidos políticos argentinos, Fasc. 12, Colegio Nacional de Bs. As., julio de 2004.

[2] Cuando terminó de escucharse el ruido ensordecedor de los balazos el saldo fue elocuente: cuatro muertos. Tres de ellos habían sido baleados en sus casas y uno había perecido a causa de los sablazos propinados por la policía montada, los famosos “cosacos”. Hubo además, más de 30 heridos. Según La Prensa fueron disparados más de 2.000 proyectiles por unos 110 policías y bomberos. Sólo tres integrantes de las fuerzas represivas fueron levemente heridos. (…)

La historia oficial no recoge los nombres de los muertos del pueblo. Ellos fueron: Juan Fiorini, argentino, 18 años, soltero, jornalero de la fábrica Bozzalla Hnos., que fue muerto mientras estaba tomando mate en su domicilio de un balazo en la región pectoral; Toribio Barrios, español, 42 años, casado, recolector de basura, muerto en la avenida Alcorta frente al número 3189, de varios sablazos en el cráneo; Santiago Gómez Metrolles, argentino, 32 años, soltero, recolector de basura, de un balazo en el temporal derecho mientras se hallaba en la fonda de avenida Alcorta 3521, de Lázaro Alberti; Miguel Britos, casado, jornalero, muerto a consecuencia también de heridas de bala. Según el propio parte policial que reproduce La Nación, ninguno fue muerto en actitud de combate, ninguno estaba agrediendo a las fuerzas represivas.(…) Extracto de Los mitos de la Historia Argentina III, de Felipe Pigna, Editorial Planeta, 2006.

[3] PIGNA, Felipe, Op. Cit.

ALONSO, M. E, VÁZQUEZ, E. C, La Argentina Contemporánea, Aique, Bs. As., 2000.

COLEGIO NACIONAL DE BUENOS AIRES, Historia Argentina, Fascículo 31, Página 12.

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