Concentración de la propiedad y la riqueza en Latinoamèrica (Siglo XIX)

Sociedades desiguales y excluyentes

Si recorremos la América Latina de fines del Siglo XIX, un rasgo en común saltará rápidamente ante nuestra vista, la transformación económica, el impacto del Pacto Neocolonial ha agudizado la conformación de sociedades claramente polarizadas, caracterizadas por altos niveles de desigualdad.

Propiedad de la tierra

Concentración de la propiedad y la riqueza

En un extremo, las clases dominantes latinoamericanas no hacían sino concentrar crecientemente la riqueza en la medida en que la transformación económica les brindaba oportunidades de negocios sumamente rentables. Salvo excepciones, la tierra estaba repartida en grandes latifundios, generalmente en manos de las viejas familias terratenientes locales que habían expandido sus propiedades a expensas de las tierras de las comunidades, de la Iglesia o de pequeños campesinos independientes, y que habían sido las principales beneficiarias del reparto de los territorios antes baldíos o recientemente “conquistados”. No faltaban por cierto los propietarios extranjeros, especialmente visibles en las regiones de plantación de productos tropicales, a lo que se sumaba la presencia de los enclaves mineros controlados por capitales europeos o norteamericanos.  Pero en todos los países se iba consolidando claramente una clase dominante de origen nacional cuya riqueza se basaba fundamentalmente en la tierra y cuyos estratos más ricos eran los que habían podido aprovechar al máximo las nuevas oportunidades brindadas por la expansión exportadora.

En el otro extremo, los sectores populares rurales conformaban un conjunto cuyo empobrecimiento y explotación por parte de los grandes propietarios no había dejado de aumentar desde el comienzo de la “gran transformación”. Encontramos así, por un lado, a una masa de trabajadores rurales dependientes de manera permanente o estacional del empleo en las grandes haciendas, estancias o plantaciones. Por el otro, a las comunidades campesinas, que como vimos sobrevivían en muchas regiones pero crecientemente mermadas en sus recursos, y por lo tanto reducidas a una subsistencia cada vez más limitada que en muchos casos obligaba a sus integrantes a buscar trabajo en las haciendas cercanas. La situación de unos y otras se deterioraba vertiginosamente de la mano del crecimiento económico, en una magnitud inversamente proporcional al enriquecimiento de los grandes terratenientes. La existencia de lazos clientelares entre los trabajadores rurales y sus patrones, ligados a actitudes paternalistas de estos últimos, aunque muchas veces se reflejara en relaciones de lealtad personal e incluso como veremos de fidelidad política, no debe ocultar la condición de subordinación y explotación que atravesaba a los sectores populares del campo latinoamericano, con rasgos agravados respecto a épocas anteriores. No faltaban por cierto excepciones a esta imagen polarizada que se acaba de describir: aquí y allá, en varios países es posible encontrar zonas en las que un estrato de medianos o pequeños productores agrarios –propietarios o arrendatarios según los casos- lograban persistir o abrirse paso entre los latifundios y las comunidades. Esto es visible en algunas regiones de México en las que los “ranchos” conservan una presencia significativa. Un caso notable en este sentido es el de Costa Rica, donde la expansión cafetalera se basó en el predominio de pequeñas y medianas explotaciones, generando una estructura de propiedad de la tierra que contrastaba con la fuerte concentración que se imponía en los otros países centroamericanos. Un fenómeno similar, ligado también a la producción cafetalera, se dio en algunas regiones de Colombia; es que el café es un producto que admite escalas de producción grandes o pequeñas sin perder rentabilidad, pudiendo impulsar entonces tanto la tendencia al latifundio (que se verifica claramente en el caso brasileño) como la producción en explotaciones de menor tamaño. En la Argentina, por otra parte, una cantidad significativa de pequeños y medianos arrendatarios y colonos pudo participar de la expansión agropecuaria de fines del siglo XIX coexistiendo con las grandes explotaciones que daban sin embargo la pauta predominante.

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– HALPERIN DONGUI, Tulio; Historia contemporánea de América Latina.

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